14 de Abril

Fue un día profundamente alegre —muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños.
Mi amigo Antonio Ballesteros y yo izamos en el Ayuntamiento la bandera tricolor. Se cantó La Marsellesa; sonaron los compases del Himno de Riego. La Internacional no había sonado todavía. Era muy legítimo nuestro regocijo. La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones. Todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor [se refiere a Lerroux], turbó la paz de aquellas horas. La República salía de las urnas acabada y perfecta, como Minerva de la cabeza de Júpiter.
Así recuerdo yo el 14 de abril de 1931.

Antonio Machado



La II República es la gran desconocída por mi generación, la de los niños de la transición. No se nos enseñó en los colegios supongo que por aquel pacto no escrito de punto y aparte o por respeto al gran benefactor de nuestra actúal democracia parlamentaria monárquica, Juan Carlos II.

Y es que a mí esto de los reyes sigue sin convencerme, algún día Juan Carlos morirá y entonces no tendremos ninguna cuenta moral – si es que ahora la hay – con ningún monarca. ¿Y entoncés qué? ¿Cuál será la excusa para que su hijo ocupe el trono?.

En un sistema en el que nuestra libertad política individual va poco más allá del poder de elección estaría bien que pudieramos elegir al rey, o elegir no tenerlo, que a mí los reyes solo me gustán en los cuentos de Perrault, en los relatos de Tolkien, el 6 de Enero y en la selección de baloncesto.

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