¿Informativos?

Hace unos días, leí en Otro mundo es posible una noticia curiosa. No me sorprendió, ya que todo aquel que vea la televisión se habrá dado cuenta de ello pero no por eso dejó de alarmarme.

Parece ser que los deportes y las catástrofes son las noticias a las que más tiempo se les dedica en los telediarios. La 2 es el canal cuyo informativo tiene más repartidos los minutos, pero también es el informativo que menos se ve. Viendo esto, ya no se si a los telediarios deberíamos seguir llamándolos informativos o si deberíamos empezar a considerarlos programas de entretenimiento.

“Entiendo el como de las cosas pero no entiendo el porque” decía el personaje creado por Orwell para 1984. Algo similar nos está sucediéndo a todos, ya que la televisión nuestra principal fuente de información y visto lo visto, nuestra fuente, más que información nos ofrece diversión.

Cada día asistimos a media hora de breves noticias siempre que se disponga de imágenes, claro está. Aunque es cierto que no nos permiten acceder a los detalles, si que nos ayudan a descubrir bastantes noticias que de otro modo seguro no conoceríamos; ya que hoy en día dudo que nadie aparte de los jubilados disponga de mucho más de media hora para informarse.

Claro que todo aquel que quiera puede recurrir a otros medios y ahí quería llegar. Mantenerse informado cuesta y por lo tanto, eso de creer que viendo la tele uno puede estar al corriente de lo que pasa a su alrededor es un tanto incorrecto. Ya lo dice Ramonet:

Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el sofá de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo. Por tres razones: la primera, porque el periodismo televisivo, estructurado como una ficción, no está hecho para informar sino para distraer; en segundo lugar, porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (una veintena por cada telediario), produce un doble efecto negativo de sobre-información y desinformación; y, finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde con el mito publicitario que con la movilización al que el ciudadano adquiere el derecho a participar inteligentemente en la vida democrática.

Ignacio Ramonet “Informarse cuesta”



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