Libertad 8

Jorge Drexler caminaba por el barrio madrileño de Chueca con un paquete bajo el brazo. Todavía no había anochecido, pero nadie pareció reconocerle. Cuando entró en el café Libertad 8, los escasos clientes que charlaban al fondo del local tampoco le prestaron atención. Sin embargo, los camareros, el dueño, Ricardo del Olmo, y Julián, el encargado de las actuaciones, le saludaron efusivamente. Drexler colocó el paquete sobre la barra y les mostró lo que traía. Envuelto en una de esas bolsas de tela que ofrecen los hoteles para guardar la ropa sucia, se refugiaba el Oscar que ganó el 27 de febrero de 2005 por su canción Al otro lado del río, interpretada en la película Diarios de Motocicleta. La estatuilla dorada relucía sobre la oscura madera del mostrador.

Durante el tiempo transcurrido desde que le entregaron el premio, Drexler había recorrido medio mundo cantando: Italia, México, Argentina, Chile, Brasil, EE UU… El público se entregó a su voz, a su música, a su poder de seducción. En Uruguay, su país, hasta 25.000 personas acudieron a escucharle. Pero Drexler no había olvidado el Libertad 8, donde apenas entran 90 personas. En su memoria estaban muy vivos el escenario –cuatro metros cuadrados donde permanece arrumbada una vieja pianola–, el suelo de barro cocido, las vigas de madera, los ventiladores del techo, las lámparas con flecos, las paredes crema… Casi un año después de ganar el Oscar, regresó para compartir su éxito con aquellos que le acompañaron al principio de su aventura como cantante en España.

Esto es un extracto de un artículo aparecido en El Pais a colación del 30 aniversario de Libertad 8, la mítica sala madrileña – templo de los catautores de los 90 – por donde han pasado Pedro Guerra, Ismael Serrano, Bebe, Amaral, Carlos Chaouen, etc.

El pasado Sábado pisé por primera vez el Libertad 8, de paso pude ver la actuación de Alfonso del Valle y Manuel Cuesta. Este último me arrancó una sonrisa cuando recomendó a Damien Rice y House. ¿Habrá leido alguna vez este blog?. Madrid es una buena forma de perder el tiempo, ahora que casi no me queda tiempo que perder.

Mil gracias a la compañía.

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