Bergman & Antonioni

El pasado 30 de julio lloraron las butacas de los cine-clubs, porque quiso la casualidad que ese día murieran, casi al mismo tiempo, dos de los más importantes artistas de la historia del cine: Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. “Artistas” es la palabra apropiada para hablar de ellos, puesto que su talento trascendió holgadamente los márgenes del celuloide. Y no sólo porque esos dos hombres destacaran en disciplinas distintas al cine (Bergman triunfó también como director teatral y como novelista, y Antonioni, además de cineasta, fue un respetado pintor) sino, sobre todo, porque sus películas alcanzan una categoría artística que obliga a hablar de ellas no como hitos del cine, en particular, sino como hitos del arte en general. Así, los films de Bergman y Antonioni juegan en la misma liga que un retrato de Van Gogh o una composición de Ligeti.

La composición (del encuadre, en su caso) era el arma que Michelangelo Antonioni mejor utilizaba a la hora de diseccionar, en sus películas, a la sociedad italiana. Nacido en Ferrara, en el norte de Italia, y en el seno de una familia burguesa, Antonioni construye con su cine los pilares de lo que daría en llamarse “post – neorrealismo”: la corriente cinematográfica italiana que deja atrás los postulados del neorrealismo.

Si el neorrealista Rosellini buscaba en sus films la plasmación directa de la realidad (sin guión, con actores no profesionales y pretendiendo que la cámara no recreara sino que simplemente tomara un trozo del mundo real), Antonioni busca precisamente lo contrario. Su objetivo es la recreación de la realidad a través de una puesta en escena muy elaborada que exprime los mecanismos del artificio, que los explicita incluso, haciendo al público consciente del acto fílmico. Pero la forma no hace que se pierda de vista el fondo, porque Antonioni logra reproducir, con su estrategia postneorrealista, los problemas, las dudas y las preocupaciones de una nueva Italia: la Italia enriquecida y burguesa, que ha dejado atrás hace mucho las miserias de la posguerra que retrató Rosellini.

El bisturí de Antonioni era preciso y despiadado: el vacío vital de sus personajes, su egoísmo y su individualidad, cruel y certero reflejo de una época y de una clase social, saltan de la pantalla hasta los ojos del espectador. El salto se produce, además, con la fluidez de un mecanismo bien engrasado, ya que Antonioni articulaba a menudo sus films en los esquemas del cine de género hollywoodiense: “Crónica de un amor” o, sobre todo, “Blow Up”, podrían parecer, en una lectura superficial, cintas de suspense, de intriga, de intriga romántica incluso. La gran habilidad de Antonioni residía en utilizar el género para colarle al espectador las más pesadas píldoras de realidad incómoda.

No menos incómodo era el cine de Ingmar Bergman: un cine donde los personajes se dicen verdades como puños, donde no hay lugar para la compasión, donde lo más inhumano de los humanos es extraido, desde los pozos de la conciencia, a flor de piel. Bergman también rodó comedias y cintas ligeras, pero lo que perdura y lo que ha pasado, incluso, al imaginario colectivo, es su cine profundo y sesudo, especialmente su cine de reflexión religiosa en el que la conclusión definitiva siempre es… que estamos solos. Que Dios no existe. Y si existe, calla.

Ingmar Bergman nació en Uppsala, en el sur de Suecia, en una familia profundamente religiosa. La educación cristiana que recibió no sirvió, sin embargo, para estimular su fé sino para acrecentar sus dudas, su sensación de que la fé es un océano de contradicciones bajo cuya superficie se oculta el vacío más abisal, más inhumano, más espantoso. Esa idea queda subrayada con particular pericia y contundencia en la “Trilogía del Silencio de Dios”, compuesta por tres films: “Como en un espejo”, “Los comulgantes” y “El silencio”. Para el propio Bergman, esos tres films, junto con “Fanny y Alexander”, eran lo mejor de su filmografía. Pero para el gran público su película más emblemática siempre será “El séptimo sello” (la de Max Von Sidow jugando al ajedrez con la Muerte).

Tan legendario es este film que hasta fue objeto de un homenaje en la escena final de una superproducción protagonizada por un actor tan poco sospechoso de ser fan de Bergman como es Arnold Schwarzenegger. Nos referimos a “El último gran héroe”, donde la mismísima Muerte surge de un cartel de “El séptimo sello” para perseguir a Arnold. Hasta el cine de palomitas reconoce el peso específico de la imaginería de Bergman.

Ahora que han muerto, Bergman y Antonioni parecen haber vuelto al primer plano de la actualidad. Pero lo cierto es que nunca se fueron. Quizá hoy en día el gran público no conozca bien (o no conozca en absoluto) sus películas, pero su legado sigue impregnando el cine de hoy. A Woody Allen siempre le habría gustado ser Ingmar Bergman, y Martin Scorsese debe a Antonioni más de lo que le gustaría reconocer. Por eso, de algún modo, su cine sigue vivo. Ambos, Antonioni y Bergman, tuvieron unos últimos años de vida muy duros, jugando al ajedrez con la Muerte cada día para ganar un día de vida. Al final, como todos, perdieron la partida. Sus Reyes cayeron. Pero que no quede ninguna duda de que fueron Reyes.

Articulo realizado por David Erauskin

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