De Amor y Oficina

Richard Estes

Aún cuando ya llevaba años en la oficina no conseguía sentirse uno más. Nunca consiguió vencer su miedo al rechazo. Nunca consiguió vencer esa parálisis que le producía que alguien pudiera despreciarle. Pasaba las horas con la nariz hundida en el monitor del ordenador, soñando con un mundo en el que encajara, sin la más mínima intención de poner los pies en este en el que habitaba.

Cuando ella entró nueva en la oficina un terremoto sacudió el desfiladero entre sus dos mundos. Empezó como un pequeño temblor cuándo se acercó a presentarse. Siguió con vibraciones más perceptibles cuando coincidían en la fotocopiadora y ella le preguntaba cómo le estaba yendo la jornada y además prestaba atención a su respuesta. Se convirtió en un movimiento de tierras perceptible por todas las escalas cuándo a la hora del café charlaban y compartían semejantes puntos de vista sobre la vida y sus atascos. Por fin, fue un seísmo que redujo a polvo todos los muros con los que había acorazado sus miedos cuando pasearon sin mucha prisa y con muchas palabras hasta la boca de metro, que no fue la más cercana a la puerta de la oficina.

Sin muros, sin barreras, sin trincheras y sin obstáculos de ningún tipo, se decidió a dejar que la ilusión creciera.

Con toda la ilusión florecida, cierto día, en cierta ocasión, por instinto, sin pensarlo, sintió la necesidad abrazarla. Ella respingó hacia atrás, – Ya ha habido suficiente contacto físico.- y se apartó. El silencio que siguió sonó como todas las lluvias del mundo cayendo sobre el asfalto de la ciudad.

La ilusión quebró partida por un rayo y solo dejó cenizas de obsesión. Ya no pudo volver a poner los pies en el sueño.

Pablo Llanos

Imagen | Richard Estes

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