Una pena de muerte

Voy a contarle toda la verdad, y nada más que la verdad. Lo juro. La primera imagen que tengo del día de ayer es la de mí misma rebuscando en mi bolso. Al fondo, como siempre que busco algo, estaban mis gafas de sol. Me las puse. De alguna forma conseguían que no me sintiera tan observada. Estar en la primera fila de la iglesia no me gustaba. No veía qué hacen los que están detrás de mí pero estaba segura de que me miraban y no perdían detalle de cada uno de mis gestos, de cada una de mis reacciones. Por eso apenas me movía, no giraba la cabeza y tampoco quería mirar al cura dando el sermón así que miraba al fondo y lo que veía, el cristo crucificado, una estatua de un famélico San Francisco y la cara pálida de una virgen era lo único que me distraía del murmullo general.

El cura puso fin al oficio. La iglesia se vació lentamente. Salí la última y todos me miraban, me esperaban, se acercaban y me transmitían su obligado pesar. Parecía que todo el pueblo estuviera dentro. El sol lucía con fuerza, las gafas me protegían la vista pero empezaba a notar el calor de la luz del mediodía.

El interminable suplicio de aguantar tanta hipocresía acabó más tarde de lo que a mí me hubiera gustado. El cortejo se puso en marcha. Yo me subí en el asiento de atrás del primer coche, el que llevaba una corona de flores blancas sobre el capó. Le pedí al conductor que pusiera el aire acondicionado. <<Lo siento señora, está estropeado, si lo desea puedo bajar la ventanilla>>. Después de mi mueca repitió <<lo siento>>. El sudor empezaba a molestarme y la piel en contacto con las costuras de las ropa me escocía y me hacía cambiar continuamente de postura en el coche.

Nos pusimos en marcha y avanzamos muy lentamente por las calles del pueblo. Desde la plaza de la iglesia pasamos por delante del ayuntamiento, lentos como una cabalgata de reyes que tiene que ser contemplada por todos los habitantes.

En la puerta del mercado estaban las viejas del pueblo, murmurando por costumbre. Sé que me buscaban con la mirada. Seguro que hablaban sobre mí. Ellas mismas, cuando eran mujeres hechas y aun derechas me observaban al tender la ropa y hacer la compra siendo yo una adolescente. Como al resto de chicas, me observaban al hacer las labores para luego emitir juicio y sentencia por los corrillos del pueblo sobre mis virtudes para casarme y ser merecedora de alguno de los mozos. Siempre me han asqueado.

Mi ropa interior ya estaba empapada de sudor, así que le pedí al conductor que bajara un poco su ventanilla, <<por supuesto, señora, enseguida>>.

El camino me resultó eterno, dejamos atrás las calles del pueblo y el campo abierto pasaba lentamente a nuestro lado. Empezó a levantarse un viento seco y caliente. Nos cruzamos con una cuadrilla de jornaleros que llegaban del campo, las guadañas al hombro me resultaron apropiadas, casi me sacan una sonrisa.

El asfalto había dejado paso a una pista de cemento y subíamos ya por los caminos del cerro. Cuando llegamos a la explanada que domina la colina el sol poderoso hacía que pequeña ermita resplandeciera blanca como un espejo. Doblamos y vimos el gran muro de piedra gris adornado de enredaderas detrás del cual cipreses y cruces comparten cautiverio.

Los coches pararon. Bajé después de que el chofer me abriera la puerta. Del resto de coches salieron mis suegros, mis cuñados y los amigos de él. Se mantuvieron distantes. Nos dirigimos en grupo hacia donde nos indicaron, rodeando una fosa rectangular con cuatro varas negras clavadas en la tierra en sus vértices y una cinta roja que la acordonaba.

Mi suegra empezó a llorar desconsoladamente, con grandes pausas para coger aire emitiendo un extraño ruido. Parecía que en cada bocanada de aire exhalaba alguna de sus vísceras. Los amigos y sus esposas estaban serios, todos me miraban de reojo intermitentemente. Creo que esperaban que llorase. Por suerte, llevaba mis gafas de sol aún puestas. Las mujeres, a coro de mi suegra interpretaban su papel de plañideras con unas lágrimas débiles que el sopor secaba y sustituía en sus rostros por gotas de sudor..

Algo me llamó la atención a lo lejos. La vi allí, junto a un ángel sin brazos que adornaba una tumba cercana. Había tenido la desfachatez de presentarse en el cementerio.

Sentí entonces como se me retorcían las entrañas. Aspiré buscando vida. Caminé con paso firme hacia ella. No se movía, me veía acercarme y no dejaba de gimotear. Vi su cara desconsolada cuando con más nitidez a medida que me acercaba. En el camino agarré una pala, la alcé con un gran esfuerzo y con un esfuerzo menor la dejé caer sobre ella. La pala destrozó media cara del ángel que estaba a su lado. Entonces reaccionó asustada. Volví a levantar la pala con torpeza, ella dio un paso atrás, tropezó con unas flores y cayó golpeándose la nuca contra el mármol blanco a los pies del ángel desfigurado.

La miré, no parecía respirar y sus ojos estaban en blanco. Creo que estaba muerta. Me giré, todos, con los ojos abiertos y las frentes perladas de sudor, me observaban con la pala en alto. Respiré hondo y el aire entró en mis pulmones como vapor de agua hirviendo. Entonces dejé caer todo el peso de la pala sobre el rostro inmóvil de ella. Ahora podrán estar juntos para siempre, pensé.

Ellos no movieron ni un dedo, su señoría. No trataron de detenerme ni de salvarla. Estaban deseando que yo perdiera los papeles, ahora ya tienen de qué hablar.

Pablo Llanos

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