Come Here

Llega a la puerta del rascacielos en el que se encuentra su oficina. Hoy han coincidido, la ve parada frente a las siete puertas de los ascensores. No es una mujer espectacular, pero le resulta muy atractiva. Algo más bajita que él, debe llegarle por los hombros. Hoy lleva un traje de chaqueta. Diría que es verde, ella seguramente piense que es aceituna o turquesa o alguna graduación del verde que solo puede captar la visión del género femenino. Advierte su presencia, buenos dias. Debajo de la chaqueta lleva una blusa blanca, el blanco no admite discusión. El colgante que lleva siempre con una ranita de plata cae justo a la altura del primer botón abrochado.

Entran los dos en el ascensor. pulsa el 30 y pregunta con media sonrisa tímida, al 77 ¿no?. Así es, gracias. El ascensor empieza su escalada, en el hilo musical suena “Ticket to ride” de los Beatles, beep beep yeah. “Una buena canción para empezar el día” dice mirando hacia arriba con las cejas, “estaría entre mis cinco para despertarme con energía”. Ella sonríe de nuevo, ahora con una mueca rara constatando el fracaso de su intento de comenzar una de esas conversaciones sin forma, de las que no tienen finalidad alguna sino mantener a raya el silencio.

En la planta 22 el ascensor frena bruscamente. Los dos se tambalean e intentan mantener el equilibrio apoyándose en las paredes a la vez que se esquivan para no tocarse. El ascensor se ha averiado. Pulsan el botón de alarma. No hay respuesta. La luz del ascensor se ha apagado, y permanece una luz de emergencia encendida, amarillenta tras un cristal opaco con una pegatina verde, que no aceituna ni turquesa, en la que se puede leer “Exit”. Ciertamente la lámpara no tiene mucho sentido. Curiosamente el hilo musical sigue funcionando.

Tendremos que esperar. Seguro que enseguida lo reparan. No hay por qué preocuparse. Permanece callada, se quita la chaqueta verde, la dobla sobre su antebrazo y cruza los brazos sobre su vientre. La ranita aprovecha el balanceo para esconderse dentro de la blusa, por el hueco de su escote.

Es curioso que aún funcione el hilo musical. – dice él mientras suena “Elevation” de U2.

Si – suspira ella, haciendo saltar a la ranita otra vez fuera de la blusa.

Sería gracioso que sonara “Love in the elevator” de Aerosmith – arrepintiéndose de pronunciar esas palabras a la vez que las decía.

Comienza a reírse, joder, piensa él, no me lo puedo creer.

La música para un instante, ¿Se habrá averiado también el hilo musical?. Los dos miran al frente, una apoyada en el fondo del ascensor, el otro con el hombro derecho apoyado también en la paredes del fondo y el izquierdo en la pared lateral, con cierta inclinación hacia el centro como si el ascensor estuviera vencido por el peso de ella.

Por los altavoces del ascensor se oye un leve ruido, como una aguja pasando por un surco de un viejo vinilo, le siguen unos acordes lentos de guitarra. El deja la mirada perdida en la diagonal opuesta del ascensor, rodeando las esquinas de la botonera.

Sacude ligeramente el pelo del flequillo, se humedece los labios y se recuesta un poco más sobre la pared del fondo, más cerca de su compañero de presidio de lo físicamente necesario por el poco sitio. Su codo roza con los nudillos de la mano izquierda de él que ahora queda aprisionada entre el codo de ella y el suyo propio. Una vez acomodada, ella mira al techo. Observa como el perfil de su cuello gira lentamente en su barbilla para acabar en su boca. Ella gira rápido la cabeza hacia él, como quien se siente espiada y quiere constatar la amenaza. Se ve descubierto y arquea las cejas. Sorprendida, vuelve rápidamente la cabeza a su posición anterior, con media sonrisa nerviosa mira hacia la pared opuesta, dándole la nuca, y en esa nueva clandestinidad, sonríe del todo.

El mira su pelo como si cada acorde que desprende la guitarra que suena fuera rasgado en las cuerdas de su cabello. Ella gira la cabeza lentamente, hasta quedarse mirando de frente a la puerta. Sin llegar a verle a él pero con el ángulo suficiente como para poder vigilarlo de reojo. Ante la nueva postura. Como un bailarín que se deja llevar en cada paso, aparta su mirada del pelo de ella y la dirige al suelo, se pasa la punta de la lengua por el labio superior y respira hondo, haciéndose notar.

Inquieto, gira la cabeza hacia la puerta del ascensor y sus miradas permanece paralelas clavadas en la salida. Entonces ella lo escudriña de reojo mientras bascula hacia él apenas un centímetro la barbilla, lo ve mirando al frente, gira un poco más, hasta observarlo con claridad, con el mentón en alto y la mirada perdida en dudas. Él intuye que le observa, gira rápido la cabeza hacia ella, como un ataque por sorpresa, sus miradas se cruzan un instante, por primera vez desde que se saludaron en el recibidor. Ella reacciona volviendo a mirar al frente. Gesto serio de él. Ella relaja sus facciones en una sonrisa satisfecha.

Ahora él la escruta, mira primero sus ojos verdes, diría que verde almendra, perdidos, asegurándose de que no lo vigilan, su mirada baja unos centímetros hasta sus labios entreabiertos, su mirada salta acrobáticamente hasta su hombro izquierdo y desde allí se desliza por su pecho hasta la apertura de su blusa donde choca contra la ranita de plata. Otro salto hasta el codo izquierdo, pegado a sus nudillos. Mueve ligera y torpemente los dedos, como si se recuperara de una parálisis, con el dorso de sus dedos acaricia su codo. Ella comienza a moverse. Respira.

Kath Bloom comienza a cantar. “There’s wind that blows in from the north. And it says that loving takes this course. Él respinga, ella casi ríe. Como dos niños pillados en plena travesura. Ella se separa un poco y mira hacia el lado contrario. Lejos.

Él se deja mirar un instante y aparta la mirada lentamente. Ambos se ríen sin emitir sonido. Hacen como que escuchan la canción… “Come here. Come here.” Se envalentona y la mira decidido como se remueve en su postura mientras mira al techo y hace como si tarareara. “No I’m not impossible to touch I have never wanted you so much. Come here. Come here.”

Acerca su cara a la de ella, como en dos tiempos, tropezando en cada indecisión dándole tiempo para que baje la mirada y se tope con la cercanía de sus labios. Respinga. Él se asusta, mira al suelo, aleja la cabeza. Suspira.

Ella coge aire y cruza los brazos de nuevo. Se recuesta y se columpia ligeramente de atrás adelante al ritmo de la canción, balanceando lentamente las rodillas, como si fuera una adolescente. Él toma fuerzas de nuevo. La mira fijamente, ve como se humedece los labios, y como la ranita golpea en su pecho en cada balanceo. “Have I never laid down by your side. Baby, let’s forget about this pride.”

Ella se balancea dos segundos más. Sonríe de reojo. “Come here. Come here.” Él aparta su mirada, pero solo un segundo, como para coger impulso, vuelve a mirarla fijamente.”Well I’m in no hurry. Don’t have to run away this time.” Se miran y entonces ella, una vez más, se humedece los labios mientras mira como él se muerde su labio inferior.“I know you’re timid.” El último impulso, mira hacia el techo, cogiendo aire y echando la cabeza hacia atrás, arquea la mirada hasta la puerta y completa el giro volviendo a mirar sus labios, ahora, con el movimiento ha salvado cinco centímetros y sus bocas están más cerca. Ella traga saliva. “But it’s gonna be all right this time.” Se enciende la luz general. La canción termina. El ascensor se pone en marcha con violencia.

Kath Bloom – Come Here

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