Una Velocidad Inquietante

Tengo que reconocer, rubia, que siempre pensé que volverías a mi memoria al toparme con la fabula de tu perfil al doblar una esquina o al verte bajar de un autobus con tu luz de proa alumbrando las aceras, aunque fuera recien embarazada y no tan recien casada.

Pero no fue así, apareciste en una conversación que nada tenía que ver contigo, caprichosa e imprevisible, como lo fuiste siempre, entre el bar dónde me servías los cafés con los que nos pusimos por última vez al día, y tu nombre como certeza de una conocida común.

Y todos los recuerdos se fueron haciendo palabras, los más hondos se hicieron frases, desde la niebla fragil de las conversaciones juveniles hasta los tartamudeos de las primeras experiencias inexpertas, el aroma ebrio de las primeras copas de vino, cuando beber vino era jugar a ser mayores.

Y también: De la diversión eterna hasta el amanecer de las fiestas universitarias (you’re so fucking special). De que ese nuevo invento llamado internet nos sorprendiera estudiando enfrentados en la biblioteca, e intentar memorizar de mis libros la constante de Planck, mientras en tus apuntes Freud te psicoanalizaba entre tachones, tu murmurabas y te recogías el pelo, y yo derivaba un limite al infinito esperando que llegara el momento del descanso.

Y al tiempo: Perder el contacto y reencontrarnos, y reconocernos y sentir el tacto de mi ropa al abrazarte. Y volver a decirnos tanto en los silencios y a vernos en las palabras. Y buscarnos las cosquillas bajo las sabanas, ten cuidado, nos van a oir.

Y justo después: Sonreirnos y depedirnos. Y desearnos buena suerte y que todo te vaya bien, no te olvides de llamarme, y la llegada de la rabia sabia de la realidad, no te preocupes, nunca te olvidaré, y apunto tu movil (porque ya teníamos moviles), y la madurez, que tocaba, y crecer y así poco a poco, mes a mes, volver a ser quienes no eramos.

Y por último, es decir ahora: Mensajes de ida y vuelta para confirmar las noticias, que en realidad eras tú la rubia del bar y constatar la certeza de que el tiempo que ha pasado es mucho, y aprovechar para reconocer que hubo un instante a partir del cual todo adquirió una velocidad inquietante.

Dime, rubia, ¿Quién se dedica a barnizar nuestros recuerdos con un pulso tan torpe que las escenas quedan pinceladas con un trazo de bruma?

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