Día 1: Banderas alzadas

Jueves 18 de septiembre. 23:45 de la noche. La fauna festivalera se reúne en los salones del Hotel María Cristina para celebrar el primer día del Festival de Cine de San Sebastián. Barra libre y canapés, camareros con pajarita paseando sus bandejas entre un público de aspecto bohemio o empresarial, o ambas cosas a la vez. Elegantes hombres con traje y corbata. Atractivas mujeres con joyas y vestidos de noche. Se respira glamour, lujo y cuentas corrientes abultadas.

Sólo una persona pasea por el salón en pantalón corto y camiseta.

Yo.

No es el mejor comienzo, pero es un comienzo.

Todo empezó doce horas antes, cuando el sol brillaba en lo alto y animaba a recorrer la ciudad con ropa informal y veraniega. Además la jornada iba a ser larga y muy cinematográfica, muchas horas sentado en fosilizantes butacas de cine y unas cuantas paseando para hacer tiempo entre una película y la siguiente, así que más valía ir cómodo.

Cómodo, muy cómodo, es como se sentía la primera estrella del día: Antonio Banderas. Caminando por las instalaciones del Kursaal, después de recoger la bolsa y la guía que entregan a los acreditados, me topo con que a las doce Banderas da su primera rueda de prensa en el Festival (dará otra cuando reciba, al día siguiente, el Premio Donostia). Allí me planto, dispuesto a escucharle, y pronto descubro por qué Banderas siempre cae bien: entregado y simpático, encadena anécdotas y detalles con naturalidad respondiendo a todo con energía. Se le nota muy agradecido por el premio, honrado y, hasta cierto punto, asombrado (quizá se está preguntando si quienes han decidido darle el premio se acuerdan de “Asesinos”, “Nunca hables con extraños”, “The Body” o “Mi novio es un ladrón”).

En cualquier caso, y consciente de que una estrella como él tiene la obligación de dar lustre al Festival, Banderas cumple con su función de forma intachable. Subraya su apoyo a Barack Obama (“yo no soy americano, pero mi hija sí y creo que estará mejor en manos de Obama”) y asegura que lleva 24 horas sin dormir, precisamente porque justo antes de subir al avión estaba en una fiesta para recaudar fondos para el Partido Demócrata. Se burla de la moral norteamericana, recordando que cuando estrenó en USA “La ley del deseo” dieron al film la calificación X porque en una escena besaba a un hombre… y no pusieron ninguna pega a la escena en que mataba a ese mismo hombre, tirándolo por un barranco. Afirma que trabajar con superestrellas de Hollywood no le intimida en absoluto, y que sólo una vez se ha sentido indigno de compartir plano con un actor, de tanto que le admiraba. Y no era Anthony Hopkins ni Eli Wallach ni nadie que tenga una estrella en el Paseo de la Fama. Era Fernando Fernán Gómez.

Banderas reconoce que apenas podía recordar sus diálogos cuando tenía que rodar una escena con él.

Horas más tarde, asisto a la proyección de la nueva película de Woody Allen, “Vicky Cristina Barcelona”. Allen sigue teniendo un pulso estupendo para escribir diálogos brillantes, fluidos, con ritmo. Pero todo lo demás le da una pereza infinita: la voz en off tapa los huecos de la trama con la sutileza de un pegote de cemento en una pared recién pintada, y las tomas de Oviedo rezuman tufillo a publirreportaje de Localia. Si en vez del premio Príncipe de Asturias le hubieran dado el Nobel, la película se habría titulado “Vicky Cristina Estocolmo”. Un horror.

Casi tan terrible como su rueda de prensa. La pobre Rebecca Hall, convidada de piedra, sonríe como puede mientras todas las preguntas van dirigidas a Woody Allen o a Javier Bardem. Berta Collado, reportera intrépida de La Sexta, demuestra en vivo que la tele engorda, y mucho. Y mientras tanto, la gran mayoría de los periodistas rinden pleitesía al que llaman Maestro Allen, riendo con entusiasmo cada una de sus gracias porque, claro, las dice Allen, y se supone que todo lo que salga de su boca ha de ser gracioso. Sólo uno se anima a preguntar lo que quizá muchos piensan: “Señor Allen, con la edad que tiene, ¿no ha pensado ya en retirarse?, porque sigue rodando una película por año aunque le salgan mal”.

Sólo le ha faltado añadir un “como ésta” al final de su pregunta.

Después, armado de valor, acudo a una de las películas del ciclo de cine negro japonés. Tendré que pensarme mucho si voy a alguna más. Y por la noche, para compensar tanta cinefilia de seriedad impostada, pruebo con una del ciclo Monicelli. Gran elección. “Vita di cane” es muy divertida, moralmente anquilosada, pero divertida.

Y por fin, a última hora, la Fiesta de Inauguración en los salones del Hotel. El kit de superviviencia festivalera, pantalón corto y camiseta, ha resultado muy útil hasta ahora. Pero se revela totalmente impropio para los efluvios de glamour de esta fiesta. Algunas miradas censoras se fijan en mi atuendo, preguntándome con la mirada por qué me han dejado entrar ahí. Ahora bien, los trajes caros no son necesariamente sinónimo de elegancia, y los dedos enjoyados se lanzan a los canapés con la avidez de las garras de un ave de rapiña. Conseguir una gamba con gabardina es toda una odisea, y lo mismo ocurre en la barra: los encorbatados parecen llevar coderas de fútbol americano bajo sus elegantes chaquetas. Al menos, se aprecia algo de famoseo (ideal para satisfacer al inconfesable cotilla que todos llevamos dentro): por allí se dejan ver Jorge Drexler, David Thewlis, Óscar Jaenada, Lucía Jiménez, Bárbara Goenaga. Bárbara finge no conocerme para no tener que preguntarme qué tal está mi amigo Pablo, pero percibo el interés en sus ojos (al fin y al cabo, no son tantos los que la han felicitado por “Vientos de Agua”).

A las doce de la noche, va llegando la hora de recogerse. Nuevas películas me esperan al día siguiente, y ojalá sean mejores. Después de un largo día, lo más auténtico, quién lo iba a decir, ha resultado ser la rueda de prensa de Antonio Banderas, que por lo menos ha contado alguna que otra cosa interesante y ha demostrado ser un tipo cabal, carente de la afectación de la fama, mucho más cercano que casi todos, pese a ser el actor más famoso de todos los que están ahora mismo en Donosti. Ahora sólo falta que, de vez en cuando, nos recuerde que hubo tiempo, hace mucho tiempo, en que hacía buenas películas. Habría alzado por copa por él, si le hubiese visto en la Fiesta del María Cristina. Pero no estaba. Ni falta que le hace.

Me pregunto cómo habría ido vestido.

Imagen | Mai para Cuerdos de Atar

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