Día 4: la emoción que surgió del frío

Definitivamente, el otoño está llegando a Donosti. Las tardes festivaleras pueden ser más o menos cálidas y soleadas, pero en cuanto se ausenta el sol ves cómo en tus brazos se pone la piel de gallina. Y no precisamente por el impacto emocional que están causando las películas del Festival de Cine.

No obstante, ayer pudo sentirse algo de calor humano en las butacas del Kursaal. Tampoco demasiado, nada como para dejar una quemadura imborrable en la piel del espectador. Pero se escuchaba el corazón de esa película, la cadencia grave y constante de su latir, un retumbar, un eco vital. Se trata de “Génova”, de Michael Winterbottom.

“Génova” se presentaba en la sección oficial del Zinemaldi el día anterior, el sábado, pero fue el domingo cuando los dos Cuerdos Festivaleros pudimos acudir a verla (no preguntéis por qué esa tardanza, no podría daros una respuesta sobria). Y dicen a menudo que su director, Winterbottom, acostumbra a caminar por el estrecho filo que separa lo moderno de la modernez. A veces alcanza el delicado equilibrio entre la experimentación y la narración accesible (“24 hours party people”), a veces se pliega al cine “mainstream” sin perder su firma ni su trazo (“A mighty heart”) y a veces dan ganas de pedirle que los experimentos los haga en su casa, para sí mismo y para que los espectadores no tengan que padecer dos horas de tortura física y mental (viendo “9 songs”). “Génova” no es una muestra exacta de ninguna de esas tres tendencias de Winterbottom, pero algo comparte de todas ellas.

Como tantos cineastas en busca de la modernidad, Winterbottom usa (y a veces abusa) de la cámara al hombro, juega con la textura y el grano de la imagen con metas no siempre claras y abusa (aquí no hay dudas) del plano corto. También lo hace en “Génova”. Y los excesos formales suelen ser enemigos de la emoción: es difícil implicarse en la ficción cuando el cineasta nos recuerda a cada momento que estamos viendo una ficción. Pero hay recursos formales en “Génova” que compensan lo anterior y redimen a Winterbottom, por lo acertado de sus propuestas. Especialmente el uso del sonido, con sonidos graves en leves crescendos que provocan el desasosiego en el espectador, sin traspasar la frontera del hastío. Gracias a Dios, Winterbottom no se pasa.

Pero el corazón de la película es el que late en el pecho de Colin Firth. Sutil y contenido (casi inexpresivo, dirán algunos), el actor conduce la trama (que no vamos a desvelar aquí) con la naturalidad del hombre común. El hombre ajeno a las moderneces formales con el que el espectador puede sentirse implicado. También ayuda el retrato realista de la relación entre sus hijas, sin edulcorar: se puede comprender su conducta y, al mismo tiempo, dan ganas de abofetearlas. Pero es Firth el conductor de la historia, el vehículo con el que progresan las emociones.

Por supuesto, Firth parte con ventaja. Es el mismo hombre que sobrevivía a un indescriptible jersey en “El diario de Bridget Jones”, es el hombre encasillado en personajes a quienes los hermanos Fiennes roban la novia (Ralph en “El paciente inglés”, Joseph en “Shakespeare enamorado”; uno se pregunta qué demonios le ha hecho el pobre Colin a los hermanos Fiennes para que le puteen tanto). Es imposible que Colin Firth te caiga mal, y eso permite que le recibas en “Génova” con los brazos abiertos. Pero, simpatías extradiegéticas al margen, Firth tiene el don de la naturalidad. Es esa clase de actor que no parece que actúa. Y eso permite que “Génova”, pese al peligro de la frialdad inherente a la modernidad, emocione. Un poquito. Sin excesos. Pero lo hace. Es la emoción que surgió del frío.

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