Día 11: Fin de Fiesta

Mientras me bajaba la cremallera y apuntaba a la única motita oscura que había sobre el mármol, mi vecino de urinario, alto, trajeado y con gafas de pasta, charlaba con su amigo, dos urinarios más allá.

Tío, he visto a Jesús Bonilla.

Anda, el de “Los Serrano”, ¿no?

Sí, tío, y es igual que en la serie. Lo primero que ha preguntado al llegar es cuándo vienen las pilinguis.

Era difícil saber si hablaban en serio o no, pero es verdad que Jesús Bonilla estaba por allí. Me crucé con él poco después de salir del baño.Y con Eloy Azorín. Y con unos pocos más. Estábamos en la fiesta del Palacio de Miramar, con unas increíbles vistas a la bahía de la Concha, barra libre con licores de la mejor calidad, canapés de cuatro tenedores, música bailable para oídos sensibles. Vestidos de noche, trajes de diseño, bolsos y corbatas de fantasía. Habían dado la una de la mañana, luego técnicamente ya era domingo. Domingo, 28 de septiembre. El último día del Festival de Cine de San Sebastián. Técnicamente.

Horas antes de las doce de la noche, mientras se desarrollaba la gala de entrega de premios (cuyo criticado palmarés ya ha sido comentado por Mai, unas líneas más abajo), tres Cuerdos de Atar nos dirigíamos a la siempre exclusiva Fiesta de Acreditados que se celebra cada año en el Palacio de Miramar. Como en otras ocasiones, sólo uno de nosotros estaba realmente acreditado, y contábamos con dos acreditaciones ajenas para, rezando porque no se fijaran en las fotos, poder colarnos los tres.

Y así fue. Entramos a la primera, con la cara de póker de los que (hacen creer que) saben perfectamente a dónde van. Nos gustaría pensar que fue nuestro magnetismo personal, el aura que desprende todo Cuerdo (ejem), lo que hizo que nos abrieran las puertas de par en par, lo que hizo que ignoraran el hecho de que Mai, cuyos rasgos le permitirían pasar tranquilamente por hija del cónsul de Noruega, entrara en la fiesta con la acreditación de una periodista de ojos oscuros y pelo negro como ala de cuervo. Nos gustaría pensar que el mérito era nuestro.

Meritoria la fiesta, sin duda, desde los primeros pasos. Luz de velas marcando el camino, camareros uniformados ofreciendo cócteles de lujoso ron (incluso a mí me gustó) y cada vez más invitados con aspecto VIP. Lástima que de VIP sólo tenían el aspecto, o quizá es que a los famosos no les dejaron entrar. Pero lo cierto es que no abundaban los rostros conocidos. Bonilla, Azorín (el actor, claro) y el alcalde de Donosti, cuya mayor relación con el cine es que su despejado cráneo recuerda a la superficie de un Drive – In. Y muchos periodistas con aspecto bohemio y gafas de pasta. Algunos esperábamos con ilusión la hipotética presencia de Paul Thomas Anderson, al que entregaban en Donostia el premio Fipresci a la mejor película del año por su último film. Pero no le vimos. Mustio como una magnolia marchita, embriagado por el ron pero no por el (amor al) cine, mis ambiciones cayeron a lo más hondo del pozo. Me quedé sin foto.

Por lo demás, la fiesta transcurrió como se esperaba. Es decir, muy poco festiva. Los premiados del Festival apenas aparecieron (quizá para que los presentes no les lincharan), el fondo de licores de la barra libre se agotó ligeramente antes de lo previsto y, aún así, las colas del baño crecieron en progresión geométrica según avanzaba la noche. Allí fue donde descubrí que Jesús Bonilla estaba entre los invitados, y comprobé también que cuando los críticos del cine vacían la vejiga no hablan de Kieslowski. Eso sí: religiosamente, se lavan las manos y limpian sus gafas de pasta.

A las tres, cierre total. Barras recogidas, música fenecida, puertas abiertas y todos a casa. El Festival de cine termina, un año más, y un año más el cine no ha sido lo mejor de este Festival. Según salimos, algunos críticos comentan las excelencias de la película turca, la atrevida austeridad visual de cierto director español de nombre florido (con el que dan ganas de llevar a la práctica el título de su película), la grandeza del cine colateral ajeno al mainstream, lleno de dramas al límite y mensajes progresistas.

A lo mejor no he visto las películas de las que hablan con los mismos ojos que ellos. A lo mejor mi vista no es lo bastante aguda para percibir la supuesta grandeza de esos films.

A lo mejor tengo que comprarme unas gafas de pasta.

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