La cultura del insulto

Insultar funciona. O funcionaba, al menos, hasta hace poco. Hablamos, claro, de las elecciones presidenciales estadounidenses.

En el gran show mediático que supone la campaña electoral, los votantes norteamericanos están más que acostumbrados a la publicidad negativa, al insulto voraz (aunque no sea veraz) y a las andanadas de desprestigio con cañones ruidosos. Con tal de que sean muy ruidosos, da igual que no den en el blanco (o, este año, en el negro).

Lo asombroso, desde el punto de vista quizá ingenuo de los Cuerdos, es que nadie en EE.UU. se plantee la ética y la moralidad de esa contrapropaganda. A ningún francés en su sano juicio (concedámosles la posibilidad de que exista alguno) se le habría ocurrido atacar a Mitterrand por los secretos de su vida privada, pero en EE.UU. se ve con toda normalidad que a un candidato se le acuse de terrorista, de promotor del islamismo radical, de pretender enseñar sexualidad en los parvularios. Es cierto que este año la estrategia del insulto no está dando frutos (“it’s the economy, idiot”) y por ello, al menos en estos momentos, se está cambiando de táctica. Pero es un cambio ejecutado por razones meramente prácticas. Nadie plantea que esas tácticas son totalmente opuestas a todo ese imaginario colectivo que encarna la “americanidad”. Resumiendo: Tom Doniphon nunca las habría aprobado. Pero, posiblemente, Ransom Stoddard sí. Y con él, el resto del país.

¿Por qué? ¿Qué razón lleva al autoproclamado inventor de la democracia a aceptar esas prácticas? ¿Podemos reducirlo a una “cuestión cultural”, como lo es la libre posesión de las armas de fuego, la transformación de la hamburguesa en un icono nacional o que permitan a los hermanos Wyans seguir rodando películas? Como casi siempre, podemos escarbar en el pasado para encontrar las causas de los fenómenos presentes. Aunque, para escarbar en según qué lodazales, es aconsejable ponerse un traje aislante con un gran letrero en el que ponga “BioHazard”.

Con el traje aislante bien sellado, hemos comprobado lo que ya sospechábamos: que John McCain no ha inventado nada. El insulto, la calumnia, el rumor malicioso y hasta la más disparatada y evidente mentira forman parte de la tradición electoral norteamericana desde sus mismísimos comienzos. Y lo hemos comprobado en esta página web, cuyos artículos, a menudo humorísticos, hacen en ocasiones que se nos congele la sonrisa.

Sin ánimo de destripar demasiado sus contenidos, podemos adelantaros que en esa página descubriréis el uso sistemático del insulto en que incurrieron los Padres de la Patria, con tal de ganar las elecciones.

John Addams acusó a Jefferson de ser un potencial destructor del cristianismo y de querer transformar las escuelas en centros donde educar en el robo, el asesinato, la violación, el adulterio y el incesto (o sea que McCain le robó la idea).

El hijo de John Addams, John Quincy Addams, aseguró que su oponente Andrew Jackson estaba mal de la cabeza. Eso no impresionó a nadie, porque por lo visto todos sabían que era cierto. Pero Addams Jr. también dijo que Jackson había matado a sangre fría a seis soldados norteamericanos. Se le olvidó decir, eso sí, que los seis soldados habían sido juzgados y condenados por robo, motín y deserción, y que la pena de muerte era perfectamente normal en esos casos, y en ese tiempo. No olvidó, sin embargo, encharcar a Jackson en el fango de la lujuria: Addams dijo de él que su madre era una prostituta, que su padre era mulato y que su esposa era polígama (ignoramos si la esposa de Jackson era de Utah).

William Henry Harrison, algunos años más tarde, se presentaba a sí mismo como el mejor candidato… por ser un magnífico bebedor. A sus contrincantes les acusaba de ser estirados elitistas, mientras que sólo él, Harrison, representaba las (etílicas) bondades del pueblo llano. Acabó ganando las elecciones, así que la táctica le salió bien. A George W. Bush, también.

Son sólo algunas de las lindezas que podemos encontrar en la página web arriba linkada (que, por desgracia, está en inglés). Después de leerla, hasta Sarah Palin parece una buena candidata.

(Bueno… puede que no).

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