Los muertos y la ciudad

Dicen del cementerio de La Almudena de Madrid que es el más grande de Europa, que dentro de sus fronteras viven 5 millones de muertos. Prácticamente una ciudad sin vida dentro de la propia ciudad.

Puede que Las Ciudades Invisibles sea el libro más mágico de los que he leído este año. En él, Marco Polo describe a Kublai Khanlas ciudades de su imperio, que no existen en otro lugar que en la imaginación y las palabras del veneciano. Italo Calvino, el fabulista del s.XX, crea mundos que no destruyen «el infierno de los vivos» que está a nuestro alrededor y para combatirlo, no se puede hacer otra cosa que no sea dar valor a aquello que no es infierno.

Mejor que todo lo que yo pueda decir, es leer la descripción de una de las ciudades invisibles, y tal día como hoy, el día de los muertos, no podía elegir otro fragmento que el siguiente:

Cada ciudad, como Laudomia, tiene a su lado otra ciudad cuyos habitantes llevan los mismos nombres: es la Laudomia de los muertos, el cementerio. Pero la cualidad especial de Laudomia es la de ser más que doble, triple, comprendiendo una tercera Laudomia que es la de los no nacidos.

Las propiedades de la ciudad doble son notorias. Cuanto mas se apeñusca y se dilata la Laudomia de los vivos, mas crece la extensión de las tumbas fuera de los muros.

Las calles de la Laudomia de los muertos son apenas lo bastante anchas para que de vuelta el carro del sepulturero, y se asoman a ellas edificios sin ventanas; pero el trazado de las calles y el orden de las moradas repite el de la Laudomia viviente, y, como en esta, las familias están cada vez más hacinadas, en apretados nichos superpuestos.

En las tardes de buen tiempo la población viva visita a los muertos y descifra los propios nombres en sus losas de piedra: a semejanza de la ciudad de los vivos ésta transmite una historia de esfuerzos, cóleras, ilusiones, sentimientos; solo que aquí todo se ha vuelto necesario, sustraído al azar, encasillado, puesto en orden.

Y para sentirse segura la Laudomia viviente necesita bucear en la Laudomia de los muertos la explicación de sí misma, aun a riesgo de encontrar allí de más o de menos: explicaciones para mas de una Laudomia, para ciudades diversas que podían ser y no han sido, o razones parciales, contradictorias, engañosas.

Justamente Laudomia asigna una residencia igualmente vasta a aquellos que aún deben nacer; es cierto que el espacio no guarda proporción con su número que se supone inmenso, pero como es un lugar vacío, circundado de una arquitectura de nichos y huecos y acanaladuras, y como es posible atribuir a los no nacidos las dimensiones que se quiera, pensarlos grandes como ratones o como gusanos de seda o como hormigas o huevos de hormiga, nada impide imaginarlos erguidos o acurrucados debajo de cada objeto o ménsula que sobresale de las paredes, sobre cada capitel o plinto, en fila o bien desparramados, atentos a las obligaciones de sus vidas futuras, y contemplar en una veta del mármol toda la Laudomia de aquí a cien o mil anos, abarrotada de multitudes vestidas de maneras nunca vistas, todos por ejemplo de barragán color berenjena, o todos con plumas de pavo real en el turbante, y reconocer en ellos a los descendientes propios y a los de las familias aliadas o enemigas, de los deudores y acreedores, que van y vienen perpetuando los tráficos, las venganzas, los noviazgos por amor o por interés.

Los vivientes de Laudomia frecuentan la casa de los no nacidos interrogándolos; los pasos resuenan bajo las bóvedas vacías; las preguntas se formulan en silencio: y siempre preguntan por ellos mismos, y no por los que vendrán; este se preocupa de dejar ilustre memoria, aquel de hacer olvidar sus vergüenzas; todos quisieran seguir el hilo de las consecuencias de los propios actos; pero cuanto mas aguzan la mirada, menos reconocen un trazo continuo; los que van a nacer en Laudomia aparecen puntiformes como granitos de polvo, separados del antes y del después.

La Laudomia de los no nacidos no transmite, como la de los muertos, seguridad alguna a los habitantes de la Laudomia viviente, sino sólo zozobra.

A los pensamientos de los visitantes terminan por abrirse dos caminos, y no se sabe cuál reserva mis angustia: o se piensa que el número de los que van a nacer supera de muy lejos el de todos los vivos y todos los muertos, y entonces en cada poro de la piedra se hacinan multitudes invisibles, apretadas en las pendientes del embudo como en las gradas de un estadio, y como en cada generación la descendencia de Laudomia se multiplica, en cada embudo se abren centenares de embudos cada uno con millones de personas que deben nacer y estiran el cuello y abren la boca para no sofocarse; o bien se piensa que incluso Laudomia desaparecerá, no se sabe cuándo, y todos sus ciudadanos con ella, esto es, las generaciones se sucederán hasta alcanzar cierta cifra y no seguirán adelante, y entonces la Laudomia de los muertos y la de los no nacidos son como las dos ampollas de un reloj de arena que no se invierte, cada paso entre el nacimiento y la muerte es un granito de arena que atraviesa el gollete, y habrá un ultimo habitante de Laudomia que nazca, un ultimo granito por caer que ahora esta ahí esperando encima del montón.

“La ciudad y los muertos, 5”
Italo Calvino – Las Ciudades Invisibles

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