Vito Corleone y Mr. Hyde

Unos mafiosos italianos son asesinados en un centro de belleza de Napoles mientras toman sesiones de solárium y se hacen la manicura.

Títulos de crédito.

Unos niños juegan en una piscina. Se abre el plano. La piscina está situada en la terraza de un piso, el piso está en un edificio de apartamentos. Hasta aquí todo el glamour que suele
rodear a las películas sobre gangsters. La cámara se aleja un poco más en una toma area y se ve el edificio en un suburbio lleno de grandes moles de cemento.

A partir de aquí, cámara en mano, Matteo Garrone nos retrata el lado más crudo y real de la vida mafiosa en Nápoles en Gomorra, cinta ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, que llega hoy a nuestras salas.

Cinco historias de distintos personajes napolitanos, vidas anónimas que nos van a contar la relación de la mafia, o “El sistema”, como lo llaman ellos con las drogas , la gestión de residuos,
los talleres textiles (chinos incluidos), o el reclutamiento de jóvenes.

La primera referencia es sin duda Ciudad de Dios, sin embargo, Gomorra, con la misma dureza y crudeza, es más sucia, lejos de la cuidada fotografía de Meirelles. El objetivo es desmitificar a los mafiosos que han sido las grandes estrellas del cine, no hay ningún Tony Montana, ni
Corleone ni Tony Soprano. Los capos no salen en pantalla y el sistema se monta a través de clanes que recuerdan más a la imagen que tenemos de mafias rusas o latinas que de la gran camorra italiana. Aquí vemos el otro lado de Vito Corleone, el más realista, su Mr. Hyde, tan
diametralmente opuesto que ni existe.

Para ello Garrone se hecha la cámara al hombro al más puro estilo de Paul Greengrass (United 93, Bourne) – y utiliza un estilo narrativo que coquetea con el documental como el mejor Sodderbergh (Traffic, Che). Y es que ambos se está convirtiendo en un auténtico referente en el cine actual.

De entre las cinco historias que cuenta la mejor hilada es la de dos jóvenes fanáticos de Tony Montana y Scarface que desprecian a los gangsters que conocen por su falta de estilo, no hay trajes de Ermenegildo Zegna, ni gafas de sol, sino camisetas de tirantes, bermudas y zapatillas. No hay operas ni traviatas, sino musica disco italaina. Y tal vez sea uno de los grandes valores del film la carencia de adornos, y la austeridad tanto en las imágenes como en las interpretaciones.

El final de la historia de los dos niñatos coincide con el de la película, y por supuesto, es de imaginar.

Como también es de imaginar que no voy a contarlo aquí.

Véanla.

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