"Te llamaré delirio", Nares Montero

No me gusta leer novelas en las que se escucha la voz del autor alta y clara por encima de la de los personajes, sin embargo, cuando leo un poemario o una serie de poesías de un mismo autor me gusta descubrir su voz, escucharle, sentirle, ya sea un tono rotundo o un tartamudeo, o mejor, el paso de un balbuceo a la retahíla de un reproche.

Supongo que por esto se le suele dar tanta importancia a la voz de los poetas, y sin duda, la respiración es algo que va unido de forma irremediable a esa articulación de sonidos que llamamos palabra. ¿Por qué empiezo este prólogo así? La explicación está a continuación.

Continúo: Al enfrentarme a las poesías que componen “Te llamaré delirio” lo primero que llegó a mis ojos fue el sonido de la voz de Nares Montero. Sus primeras dudas, esas a las que ella llama certezas, sonaron con claridad, con toda la rotundidad que puede sonar una duda.

Y su voz sigue sonando, tal y como es ella en cada uno de los poemas, a veces clara, a veces taciturna, a veces enfadada, a veces cansada, agotada, pero siempre presente, tanto, que a veces se le nota coger aliento, tomar una gran bocanada de aire, o simplemente suspirar al pasar un página o al tropezar con un salto de línea.

No diré que Nares es total y absolutamente original en su poesía, ¿quién puede serlo a estas alturas de la evolución?. Sin embargo es honesta y en sus referencias también se oye su propia voz, ya sea como el eco de un poema de Mario Benedetti o como el murmullo de un niño que repite para sí la lección que le ha enseñado alguna maravillosa profesora, ya sea Frida Kahlo o Alejandra Pizarnik.

Este es el momento de detener este prólogo para realizar una confesión. En este poemario no solamente se escucha la voz de Nares, también se le ve. Se puede apreciar como se mueve, como camina decidida y de repente para, ya alza los brazos, ¿estará implorando o solo se resigna?, todos sus movimientos son ecos gestuales de un pasado interpretativo.

Y es entonces, en este movimiento, cuando a mitad del libro se pone en marcha, y camina con paso firme, cada vez más firme, y levanta el puño en señal de protesta, y da un golpe en la mesa lírica del planeta a modo de queja y se agacha a acariciar la tierra como un cachorro que da pobre consuelo lamiendo a su madre malherida. Y entonces grita, y reclama, y declama, porque se mueve e interpreta y sobre todo porque, de nuevo, y ante todo, no puede evitar dejarnos oír su voz.

Pablo Llanos, Prólogo de “Te Llamaré Delirio” de Nares Montero.

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