Mi Antología de Cuentos: Eloy Tizón, "Velocidad en los Jardines"

Probablemente y aunque es mucho asegurar, Velocidad en los Jardines se haya convertido ya en mi libro de relatos favorito. En este delicioso libro, porque delicioso es el adjetivo que me viene a la mente para la literatura de Eloy, se encuentra un relato del mismo título del que existe una mágnifica crítica en la revista Teina escrita por Alberto Olmos, tan magnífica que voy a copiar uno de sus parrafos:”Este relato es un milagro, el milagro de la desaparición de la impostura literaria. Creo que su fuerza, su absoluta emotividad, parte del hecho de que, por una vez, sentimos que lo que se nos dice es verdad, es auténtico, le quema al autor. Digámoslo claramente: la literatura es una sucesión de mentiras bien escritas. No sólo los escritores sin escrúpulos (muchos, por cierto) elaboran novelas sobre temas sociales que les tienen sin cuidado (violencia doméstica, inmigración), sino que hasta los grandes novelistas y poetas fingen (como decía Pessoa) la mayor parte de lo que escriben. Lo fascinante es que en este cuento se puede probar químicamente que todo es de verdad.

Muchos dijeron que cuando pasamos al tercer curso terminó la diversión. Cumplimos dieciséis, diecisiete años y todo adquirió una velocidad inquietante. Ciencias o letras fue la primera aduana…

Velocidad de los jardines trata un asunto menor, casi ridículo: el trauma que para los que estudiamos BUP suponía pasar a tercero, elegir literatura o matemáticas, latín o química. Es decir, afrontar la madurez. […]. Sin embargo, el talento del autor hace regates inauditos a la ramplonería: «La revolución rusa se extendía por nuestros cuadernos y en la página sesenta y tantos el zar era fusilado entre tachones.» El cuento va sumando anécdotas, personajes, episodios de adolescencia fácilmente reconocibles: «Fue una especie de hecatombe. Media clase se enamoró de Olivia Reyes.» Y también: «En el test psicológico le salió introvertido.»

La evocación se sucede página a página, salen muchos nombres propios, mucho 3º B, y hasta vemos a la mano que escribe ese texto temblar. El autor ha destapado su propio corazón ante nosotros, lo que le lleva a escribir en la última página: «No he vuelto a ver a ninguno. Tercero de letras no existe. He oído decir que las gemelas Estévez trabajan de recepcionistas en una empresa de microordenadores. ¿Por qué la vida es tan chapucera? Daría cualquier cosa por saber qué ha sido de Christian Cruz o de Mercedes Cifuentes. Adónde han ido a parar tantos rostros recién levantados que vi durante un año, dónde están todos esos brazos y piernas ya antiguos que se movían en el patio de cemento rojo del colegio, braceando entre el polen.»

El párrafo no termina ahí. Le sigue una frase breve, decisiva. Ésta: «Los quiero a todos.» Estas cuatro palabras son el epicentro emocional del relato, su origen y su fruto: Velocidad de los jardines viene de ahí y nos lleva hasta ahí. Es decir, consigue hacer algo increíble: que el lector sienta exactamente lo que el autor siente. Las palabras amorosas están completamente desgastadas. El verbo querer, el verbo amar, la frase «no puedo vivir sin ti» no significan ya nada. Salen en todas las canciones; salen incluso en los anuncios de la tele. Sin embargo, Eloy Tizón desempolva el verbo querer, le hace la respiración artificial a base de datos, anécdotas, ingenio, y consigue preparar al lector para el renacimiento de esta palabra. «Los quiero a todos» hace blanco en nuestro corazón (aunque nos dé asco decirlo: corazón) y catapulta este relato por encima de casi cualquier cosa que yo he leído en mi vida”

De esta forma, sólo puedo dejar aquí el cuento para quién quiera disfrutarlo:

El cuento que cierra y da título al libro: Velocidad en los Jardines 

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