Sara, el azul de Marte y el Mago

(Un humilde y atrevido homenaje a José Saramago por Pablo Llanos)

Yo no tengo nada que ver con esta historia. Mi participación en ella es tan poco relevante como mi nombre. Solo transcribo aquí lo que escuché mientras entrevistaba a Sara, paciente del hospital psiquiátrico donde el pasado año sustituí en sus labores a Don José cuando éste se jubiló.

Sara me rogó en su última sesión conmigo que contara esta historia. Hizo hincapié en lo importante que era que su viaje a Marte quedara escrito y constatado. Me dejó claro que se había comprometido a no divulgar esta información, pero iba a faltar a su palabra para contribuir, en la medida de lo posible, al progreso de la humanidad. Este punto era muy importante para ella ya que tenía fe en que, si algún día los marcianos vinieran a pedirle cuentas, toda la humanidad, enterada por mi relato, saldría en su defensa.

Me contó que esta parte de su vida era la única que no había podido terminar de contarle al Mago, se quedó a medias en su última visita. Supuse que llamaba “el mago” a mi antecesor y le dije que adelante, que empezara a hablar. Yo comencé a tomar mis notas como de costumbre pero no pude evitar que fueran abandonando el perfil psicológico y se acercaran al viaje de Sara.

Me contó que tiempo atrás había viajado a Marte durante toda una noche (hay que tener en cuenta que – según Sara – las noches en Marte duran más que en La Tierra, por lo que estuvo allí varias semanas). Allí pudo observar de cerca cómo era la vida que llevaban sus habitantes. Me resumió la forma en la que estaba organizada la sociedad en Marte, basada en el principio de que cada marciano es responsable de todos los marcianos, aunque ella no llegó a entender bien qué significaba esto.

Lo que más le gustó de Marte es que no hubiera guerras. Lo cierto es que los marcianos no sabían qué era una guerra. Sara intentó aclararlo señalando a dos animales salvajes luchando, pero se encogieron de hombros y le dijeron que los animales son animales y los marcianos, marcianos. Casi dudó de la inteligencia de aquella gente.

Otro aspecto que le llamó la atención fue el de la educación. Al principió le desorientó encontrarse una escuela o una universidad llenas de docenas de profesores en un poblado en el que apenas había dos o tres de niños. Cuando Sara dijo que le parecía un desperdicio le explicaron que cada profesor enseñaba un asignatura diferente, y que la cosa era lógica. Algo parecido el ocurrió cuando encontraron hospitales junto a aldeas de pueblos nómadas o bosques en el centro de las ciudades. Al final aceptó que estaban dónde eran necesarios.

Cuando Sara describió La Tierra, a los marcianos les impresionó saber que hay tres colores elementales y ocho fundamentales, de los que se pueden sacar millones de tonos. Allí sólo había dos: blanco y negro. Le confesaron con cierto anhelo que siempre habían sospechado que debía haber más.

En el viaje de vuelta de Marte a La Tierra le dio vueltas a lo vivido, como hace todo viajero que regresa. Aunque le hicieron jurar que no hablaría de lo que vio en Marte, tuvo la certeza de que hubieran cambiado todos sus secretos por un poco de amarillo. ¿Quién no está dispuesto a pagar un alto precio por la felicidad? Incluso valoró el llevarles un pedazo de azul o un trozo de verde, pero tenía la impresión de que si decidían venir a La Tierra, esto no les iba a gustar.

Sara hizo un pausa en su narración. Le acerqué un vaso para que bebiera agua. Me dijo que hasta aquí era lo que había podido contarle al Mago. Pese a la fantasía del relato, no sé si por su tono descriptivo, o por su forma de narrar, clara y concisa, me pareció que la historia tenía cierta lógica. Ya sé que esto es difícil de explicar, pero ese algo de metáfora del mundo en que vivimos que contenía la historia (tal vez cierta demagogia), me llevó a querer saber cómo iba a acabar el viaje de mi paciente. Decidí dejar de tomar notas y poner en funcionamiento la grabadora, en la que la voz de Sara dejó impreso:

“Ya en la Tierra, recordé de mi visita que aunque yo también lo había visto todo en tonos pardos, sí apreciaba cierto color, pese a que el hecho de que fuera de noche podía haber alterado mi percepción de la luz. Pensé en que tal vez su problema consistía en qué no percibían los colores y no que carecieran de ellos. Un oftalmólogo me explicó que nuestros ojos disponen de dos tipos de células, los conos y los bastones. Los bastones sirven para detectar el movimiento, pero no distinguen los colores, que es la labor de los conos. Tal vez lo que les pasaba a los marcianos era que carecían de conos en sus ojos.

Con la ayuda de un banco de ojos, que a diferencia de los bancos normales fueron considerablemente generosos, envié a mis amigos extraterrestres un correo electrónico con siete millones de conos. en los que, junto a los bastones que ya poseían, se apoyaron en el afán de distinguir los colores. El efecto físico fue el esperado y el espectro cromático que conocemos se abrió ante sus remendados ojos.

Paradójicamente, lejos de la buscada felicidad, fue empezar a distinguir los colores y dejar de ver la vida de color de rosa.

Lo primero que les sorprendió al poder apreciar los colores, es que ellos mismos no eran iguales. Se distinguían en dos grupos, unos azules y otros rojos. Hasta entonces no lo habían sospechado pues en la escala de grises no había diferencia.

Enseguida comenzaron a dejar de sentirse todos responsables de todos, pasando a serlo sólo de los de su mismo color. Las normas sociales que antes los regían seguían siendo las mismas, pero separadas en dos comunidades. Las rencillas comenzaron a ser frecuentes. Por una parte los rojos ponían verdes a los azules, con insultos y descalificaciones que sacarían los colores al más pintado, a la vez que los azules hacían de los rojos el blanco de sus iras.

Surgió la desconfianza entre las dos etnias, de tal forma que comenzaron a relacionarse sólo entre iguales. Por ejemplo, las chicas rojas buscaban su media naranja entre los chicos rojos y las parejas mixtas las pasaban moradas. La situación comenzó a ponerse al rojo vivo, y era inminente el desenlace de un conflicto de dimensiones épicas.

Ante la nueva situación tuvieron que inventar palabras nuevas, y en algunos casos, usar para ellos mismos palabras que hasta ese instante solo habían utilizado para los animales. Términos nuevos como raza, etnia, xenofobia, bandera, restricción, racismo, genocidio, esclavitud, integrismo, fronteras, países, se hicieron hueco en las clases de sus escuelas.

Todas estas, y más palabras, sirvieron para provocar – y por fin aprender – la palabra que yo en un principio fui incapaz de explicarles: guerra. Si al principio de mi viaje dudé de la inteligencia de los marcianos porque no entendían mis explicaciones sobre la guerra, ahora, dudaba de la mía propia al haber logrado ese objetivo.

Noches después de mi viaje, ellos han vivido años y años de conflictos, guerras, leyes y terrorismo. Ahora que los marcianos ya no ven todo en gris, yo si veo un panorama bastante gris en su futuro. Curiosamente ellos aseguran que son felices, siempre y cuando no estén en compañía de un rojo o un azul, según que caso. Yo espero que tanto rojos como azules reverdezcan los viejos laureles de una civilización ejemplar. En fin, todo depende del color del cristal con que se mire.”

Sara se recostó sobre su silla cruzando los brazos en señal de haber acabado definitivamente su relato. Apagué la grabadora y le pregunté si le había contado al mago más historias. Me dijo que sí, que le había hablado de países que flotaban a la deriva por el mar, de familias de arcilla, de fantasmas de poetas, de Jesucristo y el evangelio (como era normal en los locos). También le habló de cómo llegó aquí después de que todos se quedaran ciegos menos ella. Años después de que recuperaran la vista, fue victima de una conspiración del gobierno, la encerraron en este manicomio y dijeron que había muerto.

No es que yo crea a Sara, ni mucho menos, pero no me pareció loca, o tal vez no la locura que se diagnostica médicamente, más bien me pareció que sufría de una cordura cercana a la de Orwell, Homero o Phillip K. Dick (en este ultimo caso nunca sabremos si realmente estaba loca ella o locos nosotros). Creo que estaba rematadamente cuerda, cuerda de atar. Como comprenderéis, no podía hacer otra cosa más que, modestamente, agarrar un bloc y un lápiz y escribir su historia.

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