Labia, Eloy Tizón

He acabado de leer Labia. He tardado mucho, casi ni recuerdo cuando lo empecé. Lo he intercalado con otras lecturas pero he ido leyéndolo poco a poco, con paciencia, sin prisa, de la misma forma que estoy seguro que lo escribió su autor, Eloy Tizón. Labia no es un libro habitual, en él se mezcla en cuento y la novela, se mezclan voces, se mezcla el realismo en la descripción del entorno del protagonista, un niño que aprende a dibujar, con la fantasía de las historias que se cuentan entre los personajes e incluso con el delirio de sus pensamientos.

Este libro, al igual que el resto de los que forman la obra de Eloy Tizón, es un pequeño refugio para la palabra y el lirismo. Un libro del que se puede contar poco y recomendar leer. Por ello voy a destacar un párrafo de entre el ramillete de historias que entremezclan sus tallos entre las páginas de Labia:

Esa misma noche, el escultor Montesinos vio a Severo Sarduy comiendo fresas con nata, a través de una vidriera, en el restaurante Boutade, y él permaneció pegado al cristal mirándolo con la misma cara de pena con que miraba los lienzos de los museos. Sarduy cenaba solo, con los codos apoyados en un mantel de cuadros. Masticaba con placer, llevándose las fresas con nata a la boca con voluptuosidad de gourmet. Tenía ante si una bebida humeante. La bebida de Sarduy no paraba de humear, humeaba exageradamente, como un pequeño cono volcánico, expelía un humo tremendo, a bocanadas, muy pronto el humo invadió las fresas con nata, a Sarduy, la sala entera, los dos pisos del restaurante Boutade, El humo de Sarduy se desplazó desde la taza a la calle y cubrió con una nube demente el Barrio Latino, se metió en las salas de Louvre, reptó por debajo de las puertas, culebreó por los marcos, intoxicó a un ordenanza, hizo toser a un gendarme, el humo de la taza de Sarduy borró la vida del escultor Montrsinos y a partir de aquel momento París dejó de existir, y lo mismo sucedió con aquella torre tan fea, Francia, Europa entera, el planeta.

El escultor Montesinos se despertó en una ambulancia.

Eloy Tizón, Labia (Anagrama, 2001)

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