Esperando a Hopper

A mí me ha pasado. Si visitas el museo Thyssen de Madrid es imposible no quedarse un rato delante de “Habitación de hotel” y hacer cábalas sobre lo que habrá pasado, está pasando o pasará con la chica a la que Hopper hace protagonista del cuadro. La invitación a narrar es un continuo en los cuadros del pintor norteamericano y por ello hay unos cuantos títulos literarios, tanto relato como montajes teatrales, basados en la obra de Hopper.

Al que yo he dedicado las últimas horas es al “Hopper”, en el que el poeta Mark Strand reflexiona sobre los trazos hopperianos, dando algunas pistas de por qué los lienzos de este pintor nos invitan a narrar, así dice Strand:

“Los cuadros de Hopper son breves y aislados momentos de figuración que sugieren el tono de lo que habrá que seguir, al tiempo que llevan adelante el tono de lo que los ha precedido. El tono, pero no el contenido. La implicación, pero no la evidencia. Son profundamente sugerentes. Cuando más impostados y teatrales resultan, más nos mueven a preguntar qué sucederá después; cuanto más parecidos a la vida más nos impulsan a reconstruir el relato de lo que ha acontecido antes. Nos atrapan justo cuando la idea de tránsito está en nuestras mentes: al fin y al cabo estamos acercándonos al lienzo, o alejándonos de él. El tiempo que pasamos con un cuadro debe incluir – si tenemos consciencia de nosotros mismos – lo que este nos revela sobre la naturaleza de la continuidad. Los cuadros de Hopper son todo lo que puede extraerse de un vacio en el que no se siente tanto la presencia de los acontecimientos de una vida como del tiempo que precede a esa vida, o que la sucede. Una oscura sombra se abate sobre estas pinturas haciendo que cualquier relato que construyamos tomándolas como punto de partida parezca sentimental o impertinente.”

El conflicto es el motor de la narrativa. La felicidad, por el contrario, es un estado estático, no se mueve, nadie puede contar una historia sobre alguien que es feliz. A mayor conflicto, mayor narración. Practicamente de cualquier conflicto personal surge una posibilidad de narración, y esto es lo que se encuentra en cada una de las conversaciones en las que le contamos algo a un conocido: narramos un conflicto.

En la narrativa clásica los conflictos se narraban a partir de una partida, alguien que sale de viaje hacia lo desconocido- ya sea este viaje físico o emocional . (El Quijote, Gulliver, Simbad…), o bien a partir de la llegada de un elemento desconocido a un entorno estable (o bien se combinan las dos como en King Kong).

Sin embargo, a partir del siglo XX los conflictos se construyen a partir de la espera, alguien que no se va de viaje o una ciudad a la que no llega ningún extraño. Una espera en la que no hay un choque (Esperando a Godot, El desierto de los Tartaros).

¿Dónde está el conflicto?. Este llega de la inmediatez de lo que está a punto de ocurrir, de lo que se anuncia, algo muy importante que se va demorando pero que siempre es inminente. Así por ejemplo, cuando el protagonista de Drácula llega al castillo, es el propio Drácula (el mal), el que le abre, en cambio, en “El Castillo” de Kafka, el mal nunca acaba de aparecer en un castillo vacío.

Quien lleva el conflicto de la espera a la narración en la pintura es Edward Hopper.

“Detrás de la pregunta por la importancia de esa oscuridad que produce una sensación de encierro, o al menos de limitación, en los cuadros de Hopper, se encuentra el cuestionamiento de nuestro modo de afrontar el tiempo: qué hacemos con él y qué hace él con nosotros. En muchos cuadros de Hopper hay una espera aconteciendo. La gente a la que Hopper pinta parece no tener nada que hacer. Son como personajes que se hubiesen quedado sin un papel que desempeñar, y ahora, atrapados en el espacio de su espera, deben hacerse compañía, sin lugar a donde ir, sin futuro.”

Mark Strand “Hopper” Ed: Lumen 2008

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