Acostumbrarse a la violencia

Después de la muerte de Amy Winehouse un amigo me decía que le dió un poco de vergüenza enlazar en Facebook un video de la diva inglesa sin haber puesto nada sobre la masacre de los jóvenes laboristas en Noruega. Y constatar además que sus contactos se había comportado de la misma forma. ¿En qué clase de personas nos convierte esto?. Yo le dije que no era raro, qie para los de Utoya ya estaba Twitter.

Pero no le falta razón, y además Facebook cuenta con una mayor audencia que Twitter. Hay algo de haberse acostumbrado a la violencia en todo esto.

No sé si Anders Behring Breivik es un loco o un producto más de un sisema enfermo. Es una lástima que matar sea tan fácil. Es una pena mayor que matanzas así sean habituales y vivamos esperando que llegue el día que ocurran al lado de nuestra casa.

Es una lástima que nos acostumbremos a las balas, a la muerte violenta, que la sangre haya dejado de ser escandalosa. Ojalá el hábito no fuera este. No nos encerremos, como los americanos miedosos, en un seguro bunker de cristal en el que la realidad solo entra a través del plasma de nuestros televisores, o de las ráfagas de Twitter. Que la violencia no se convierta en una enfermedad crónica a cuyos achaques nos acostumbramos esperando que uno de ellos sea el último.

Desde el 11 de Septiembre el mundo se ha ido llenando de zonas cero, heridas que sangran en Kabul y Bagdad, en Palestina y Colombia, desde los andenes de las estaciones madrileñas llenos de lágrimas y recuerdos, hasta los niños de Sierra Leona empuñando sus Kalasnikov a los 11 años. Con Afganistan e Iraq reducidos a polvo, Saddam muerto, Bina Laden descansando en el fondo del mar. Y no parece que vivamos en un mundo más libre, y mucho menos más seguro.

El mundo se derrumba como las Torres Gemelas, como la escuela de Beslán, como la discoteca de Bali, como el teatro Dubrovska de Moscú, como las haimas iraquíes, vivimos esperando ver quien realiza la mayor masacre y uno, como Neruda, se cansa de ser hombre.

Uno se acostumbra a vivir con la violencia como un anciano con enfermedades crónicas. Cada achaque es el último y los dolores cotidianos se convierten en un eterno y aburrido diálogo con la muerte que siempre nos ronda. Qué lastima. Que uno se acostumbre a las balas, a la muerte violenta.

Por todo esto quiero partir una lanza en favor de ese espíritu del #15M, quiero decir cuánto me alegro que toda la energía que ha liberado el descontento que ya vivía de forma latente en la sociedad la esté canalizando el movimiento y nacionalismos rancion, ultraextremistas o ultrareligiosos no esten pudiendo aprovecharse de ella. Ojalá hubiera estalaldo un 15M en Noruega.

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