Crónica de un concierto esperado: Bon Jovi en Anoeta.

Mi debut sobre el césped de Anoeta fue largo, intenso, y plagado de momentos para recordar. Tras haber visto conciertos en el Gasca, Velódromo e Illunbe, faltaba “el Vaticano blanquiazul” en palabras de Badi, y Bon Jovi fueron capaces de arrastrarme hasta él.

Las primeras cervezas llegaron a las 17 horas, en la carpa que obró de punto de reunión para el grupito que íbamos a ver a los de New Jersey. Cerveza tras cerveza llegó el ansiado momento de adentrarse en la oculta hierba de Anoeta, para sufrir a unos The Rebels infumables, cuyos acordes sólo animaban a perseguir a Mochilaman y constatar que cada vez se agolpaban a nuestro alrededor más quinceañeras… en los años 80 y 90, claro. Antes de joder el esperado sol, los insufribles The Rebels dejaron paso a Rulo y la contrabanda. Si siempre pensé que La Fuga imitaba a Platero y tú, ahora tengo claro que el tal Rulo es un peligroso fanático de Fito… me da pena que estos respetados rockeros se vayan convirtiendo en otra cosa… normalmente, en otra mierda. Un rockero ha de nacer y morir rockero, aunque para los demás sea ridículo.

Con tan sólo 10 minutos de retraso sobre el horario previsto, y varios simulacros impulsados por el enfervorecido público, saltan al escenario Bon Jovi, de quien no me declaro fan, pero de los que conozco muchas canciones, algo de agradecer al ir a un concierto. En buena forma, con buen sonido, y bien apoyados por el juego de luces y sugerentes fondos en una gigante pantalla central y dos grandes pantallas en los lados que hacían no perderse detalle de la actuación.

Más de 2 horas y media de concierto, con un repaso de éxitos en los que prácticamente no faltó ningún clásico, un Jon Bon Jovi viejuno, pero cargado de energía, y consciente de que cualquier gesto, movimiento de culo, sonrisa mostrando las impolutas fundas de los dientes, y el bótox sustituyendo a las lógicas arrugas de la edad, serviría para que sus seguidoras enloqueciesen.El concierto, para mayor gloria del reconocido vocalista tuvo una primera hora trepidante, a un alto ritmo, hasta que se calzó la guitarra clásica, y se entretuvo demasiado en baladas y “vaqueradas” que produjeron un bajón en los que no conocemos toda su trayectoria. Un ibuprofeno, y a prepararse para el emotivo desenlace del concierto.
El único capaz de robar protagonismo al egocéntrico cantante era Richie Sambora, un correcto guitarrista, que sabe aprovechar los momentos sencillos para parecer mejor, tiene carisma, y consciente de la devoción que sienten por él sus seguidores, logra aparentar que es un virtuoso de la guitarra, aunque sinceramente, lo es menos de lo que él y los fans de Bon Jovi creen.
Primera despedida del grupo, la típica que nadie se cree, y a los segundos retornan para regalarnos uno de los mejores momentos, el esperado Livin’ on a prayer, que, como durante las dos horas anteriores fue coreado en “guachugüei” por todo el público congregado. Habían conseguido ganarse 20 minutos más de gente entregada, y hasta dos veces más hicieron amago de marcharse, pero emocionados con la respuesta de los presentes (increíble cómo se empujaba pese a ser Donosti), regalaron versiones de Twist and shout, un Romeo & Juliet que les quedó un poco cerdaco, y las esperadísimas Always (la canción que tiene todos los tópicos anglosajones de una canción de amor) y These Days.

Un buen concierto, quizás no memorable, pero sí interesante, divertido, y de los de disfrutar.
Para terminar la noche, reencuentro con decenas de amigos y coetáneos que también acudieron al concierto y se encontraban en la salida y bares adyacentes, y nuestro grupito se amplía para tomar las últimas cervezas… antes de volver a casa de manera singular, en un taxi pirata.
WebRepCalificación general.
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