Exigencias democráticas

Hoy me he hecho sin querer con un ejemplar de El País y he encontrado un artículo de David Innerarity hablando sobre la política, las decepciones que trae y la necesidad de tener en cuenta al resto. Se puede discrepar, pero tiene algunos puntos interesantes sobre los que reflexionar.


‘Una sociedad es democráticamente madura cuando ha asimilado la experiencia de que la política es siempre decepcionante y eso no le impide ser políticamente exigente. La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Está incapacitado para la política quien no tiene la capacidad de convivir con ese tipo de frustraciones y de respetar los propios límites. Nos han enseñado que esto es lo que hace de la política algo irresponsable y fraudulento, pero deberíamos acostumbrarnos a considerar que esto es lo que la constituye.’


Todos queremos que aquellos con los que más de acuerdo estamos consigan la mayoría de sus propósitos pero, nos guste o no, hay diferentes realidades en nuestra sociedad y por tanto, nadie conseguirá todo aquello que se proponga, habrá que consensuar algo intermedio con el resto. Él lo explica mejor que yo:


‘La convivencia democrática proporciona muchas posibilidades, pero impone también no pocas limitaciones. De entrada, los límites que proceden del hecho de reconocer otros poderes de grupos o intereses sociales con tanto derecho como uno para disputar la partida.


Por eso la acción política implica siempre transigir. Quien aborda cualquier problema como una cuestión de principio, quien habla continuamente el lenguaje de los principios, de lo irrenunciable y del combate se condena a la frustración o al autoritarismo. La política fracasa cuando los grupos rivales preconizan objetivos que según ellos no admiten concesiones y se consideran totalmente incompatibles y contradictorios. Todos los fanáticos creen que sus oponentes están fuera del alcance de la persuasión política. Nadie que no sea capaz de entender la plausibilidad de los argumentos de la otra parte podrá pensar, y menos actuar, políticamente.


En los tiempos que corren, y sobre todo en el País Vasco, serán muchos los que tendrán que aceptar que hay otras realidades. Los independentistas tendrán que aceptar que hay gente que quiere ser parte de España y los constitucionalistas (entiéndase como no-nacionalistas) tendrán que aceptar que acabado el terrorismo no se acaba con el independentismo (aquello de ¿por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? que decía Gabilondo en una de sus editoriales). De ahí habrá que debatir, dialogar y llegar a acuerdos que más o menos convenzcan a todos. Sí, ninguno estará totalmente satisfecho, pero es lo que tiene la democracia ¿no? Si no estaríamos desviándonos hacia algo más cercano al autoritarismo que a la pluralidad que, nos guste o no, tenemos en Euskadi.




Anuncios