Carta Abierta a Ray Bradbury

Estimado Sr. Bradbury:

Yo sé que a usted no le gusta demasiado esto de Internet. Es normal, mi abuelo tampoco lo entiende y es más joven que usted. A veces, las cosas avanzan demasiado rápido y seamos sinceros, a las personas no se nos da bien adaptarnos a los cambios. Sin embargo quiero contarle algo que hemos logrado los que usamos internet – hay quien nos llama internautas que cada día somos más y más avezados en su uso. Si bien no todas buenas, ya que a la red hemos trasladado tanto nuestras virtudes como nuestros defectos, algunas son dignas de mención.

¿Por qué le escribo a usted? Es sencillo. Cuándo leí su novela Fahrenheit 451 pensé que entre las novelas distópicas de anticipación podía ser la más acertada. Y porque de todas mis pesadillas, la peor sin duda podía ser la de encontrarme perteneciendo a una civilización en la que la lectura está absolutamente prohibida y los bomberos queman los libros. No podría imaginarme viviendo en una sociedad en la que conversar, pasear, o cualquier actividad que induzca al pensamiento esté mal vista.

La vedad es que como usted ya sabrá, en algunas cosas falló. No parece que ahora ni en el futuro solo vaya a estar permitida y fomentada la televisión pública – ojalá fuera así – pero ya se ha cumplido el hecho de que vivamos en un perpetuo estado de cómodo conformismo, sometidos a un constante influjo mediático en forma de grandes pantallas planas de televisión interactiva, cada vez más grandes y cada vez más interactivas, y es cierto que la mayoría de las personas viven en una burbuja de pastosa felicidad y entretenimiento y no quieren que ningún sobresalto pinche esa burbuja.También, como usted temió, los planes de estudio se han ido reduciendo y los estudiantes, en otra época avanzadilla de la rebeldía, son los más inmóviles.

Sin embargo parece que no vamos a tener la necesidad de llegar al extremo de memorizar los libros y contárnoslos los unos a los otros para salvarlos de ser pasto de las llamas. Los hemos guardado en otro tipo de memoria. Los hemos duplicado y distribuido libremente, guardado en todo tipo de dispositivos digitales: discos duros personales, discos en servidores, teléfonos móviles, tabletas, tarjetas de memoria, lectores de libros electrónicos. En estos momentos, es prácticamente imposible hacer desaparecer todas las copias de un libro de la faz de la tierra.

Y yo quería contarle todo esto Sr. Bradbury porque creo que es usted un hombre ilustrado y sabrá apreciar lo que sin duda me parece una gran victoria. Sin embargo, han aparecido los peores bomberos, los más incendiarios: las leyes. En su país preparan leyes que llaman SOPA, PIPA , ACTA o E-Parasites, en el mío la Ley Sinde, que por desgracia está más avanzada en su aplicación. Si estas leyes salen adelante, perseguirán e intentaran borrar los archivos que hemos compartido y duplicado, incluidos los libros. Puede que no sean bomberos los que se dediquen a quemar libros, al menos no esos bomberos que antes evitaban fuegos, pero sí esos otros que ahora levantan cortafuegos.

Yo no sé si a usted, Sr. Bradbury, le interesará mucho esto que le estoy contando. Probablemente no. Probablemente ya hace tiempo que está harto de esta sociedad, sean cuales sean las predicciones que se hayan materializado y estará planeando a buen seguro un retiro en Marte para pasar unas vacaciones eternas en una réplica marciana de la Casa Usher. Pero aquí abajo, seguiremos luchando para que los libros no sean pasto de las llamas, ni de las de los bomberos ni de las de los firewalls. De ninguna.

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