El infierno de los vivos

Aquella noche Comayagua debió ser algo parecido a un infierno. El superviviente Alberto Mendoza Colindres cuenta que la noche apestaba a sangre. Sus compañeros le pedían ayuda desde las celdas, pero dice que no podía concentrarse en ellos, porque en un solo segundo él también hubiera perdido la vida. Es uno de los 835 presos que sobrevivían en esta granja penal hondureña, con capacidad solo para la mitad -que coincide aproximadamente con el numero de muertos-. Por muy de cerca que se escuchen estos testimonios nadie puede llegar a imaginarse aquella pesadilla. Gritos, tiros y una verdad que probablemente no se llegara a conocer nunca.

Ahora ese infierno se ha trasladado a las inmediaciones de la morgue en Tegucigalpa, “El infierno de los vivos” titulaba un periódico hondureño, y no creo que pueda hacerse una descripción más acertada. Allí cientos de familiares de presos muertos esperan a que les entreguen los cadáveres de sus allegados. Una situación realmente indigna, con un olor insoportable, durmiendo en el suelo, sin comida, sin medidas higiénicas, sin agua…pero ellos no se marchan de allí porque tienen miedo, miedo de que entierren a sus muertos en una fosa común. Miedo porque saben que muchos de ellos baleados están reconocibles, pero hay demasiados intereses que van a intentar tapar lo ocurrido en Comayagua. Miedo a que les entreguen las bolsas selladas y éstas estén vacías, como parece que ya hicieron en otra tragedia similar, en la cárcel de San Pedro Sula, en 2004 donde fallecieron mas de 100 presos. Estas madres, padres, esposas, hermanas… sufren, se desesperan, lloran y nadie les da ninguna respuesta. “A nadie le importan los pobres” se quejan. En el país más corrupto de Centroamérica, denuncian que las ayudas internacionales que están llegando se las queda el gobierno “los de cuello blanco” como dicen ellos, pero que a la gente del pueblo no le llega nada.

La mayoría son mujeres. Impresiona escucharles decir que ese ha sido el destino que ha elegido dios. Una de ellas, enferma de cáncer, espera a que le entreguen a su marido muerto y por eso, nos cuenta con pena, no ha podido ir a visitar a su hijo preso también en Comayagua y superviviente de la tragedia. Otra, con 25 años y varios hijos, dice que ha perdido a su marido que llevaba ya 8 años en la cárcel, y hay quien ha perdido un hijo, y dos hermanos. Lloran y se desesperan, pero parecen mucho mas serenas de lo que cualquiera podría estarlo en esa situación. Son mujeres fuertes, acostumbradas a sufrir. Son historias de vida que impresionan, pero impresionan mas aún allí, delante de la morgue, sabiendo a lo que esperan y en las condiciones en las que lo hacen.

Impresionaba que se acercaran al ver una cámara, muchos para denunciar “Que el mundo se entere de lo que pasa aquí” Otros, con la esperanza de que les ayudáramos, venían con la fotos de su hijo, marido o hermano y la mostraban a cámara diciendo “estoy buscando a mi hijo, por favor ayúdenme“. A mí se me caía el mundo encima sabiendo que nada podíamos hacer para ayudarles, solo darle al REC e intentar que ninguna lágrima se nos escapara.

En una semana apenas 20 cadáveres habían sido identificados y entregados y nadie del gobierno se había presentado por allí. Por eso, prometieron que si no recibían información iban a entrar hasta dentro, aunque les sacaran de allí a tiros. Dicho y hecho. Ayer toda esa gente se armó de valor, derribaron las vallas y fueron hasta los camiones con la esperanza de encontrar a sus familiares. Nosotras ya no estábamos allí, pero viendo esas imágenes por televisión reconocíamos a muchas de esas personas con las que habíamos pasado los últimos días. Gritos desgarradores, de angustia, de sufrimiento reprimido durante muchos días de espera, desmayos y sobre todo mucha rabia al ver esos cuerpos, los de sus familiares, putrefactos, pero aún reconocibles, tirados en la calle y sin refrigeración alguna.

Ahora siguen en el mismo sitio donde empezaron. En el infierno de los vivos, a fuera de la morgue frente a unos camiones en los que se practican autopsias en camillas llenas de sangre seca que cuando limpian, un chorro de agua roja va directamente al lugar en el que las familias malviven, soportando ese hedor que se siente a pesar de las mascarillas, con riesgo de enfermar, durmiendo en el puro suelo, sin comida, sin agua y lo peor de todo, sin derecho a llorar tranquilamente a sus muertos. Pero lo cierto es que al mundo poco le importa. No es justo.

“El Infierno de los Vivos” -tragedia en Comayagua, Honduras- from Irati Lafragua on Vimeo.

(Irati Lafragua trabaja actualmente como cámara en la corresponsalia de ETB en Bogotá. Puede verse más información sobre lo que allí han visto, aquí, aquí y aquí)

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