TOMA 1 (Septiembre de 1980, “El Imperio contraataca”)

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TOMA 1

(Septiembre de 1980, “El Imperio contraataca”)

Sus palabras resonaron con el eco de lo inamovible, y ni siquiera le hizo falta alzar la voz para que cada sílaba transmitiera autoridad: “es vuestro hermano pequeño y va con vosotros al cine”, sentenció mi madre. Así que mis hermanos acataron la orden y asumieron que la tarde se les torcía. Tendrían que cargar con el enano hasta San Sebastián, tendrían que llevárselo al cine… y tendrían que rezar para que yo no les amargara el gran estreno del año: “El imperio contraataca”

En septiembre de 1980 yo tenía cinco años y no sabía nada de “La guerra de las galaxias”. Tan sólo habían llegado a mis oídos algunas referencias vagas sobre un señor alto y asmático vestido de negro, sobre unas espadas luminosas que parecían fluorescentes con empuñadura y sobre algo llamado “Halcón Milanero”: un nombre que no me hacía pensar en naves espaciales sino, más bien, en documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Pero así llamaba uno de mis hermanos a la nave de Han Solo, “Halcón Milanero”, sin saber todavía que ese nombre era incorrecto.

Resumiendo: no había grandes razones por las que yo quisiera ver “El Imperio contraataca” en particular. Pero sí había una poderosa razón para querer acompañar a mis hermanos esa tarde.

Iban al cine.

Hoy en día, el cine es un entretenimiento más, una experiencia audiovisual no necesariamente mejor que la que los espectadores pueden tener en su propia casa, con una sala de estar bien equipada. Y para cuando se estrena la nueva entrega de una saga cinematográfica de éxito, sus seguidores ya llevan meses masticando la película en Internet: las webs oficiales le han destripado el argumento, las redes sociales han desgranado el desarrollo y los blogs han divulgado la acogida del film entre el público de Topeka, Kansas. El fan se sienta en el cine sabiéndose la película de memoria, antes de verla.

Pero en 1980, los fans de “La guerra de las galaxias” llevaban tres años esperando el estreno de “El Imperio contraataca” y no tenían ni idea de lo que ocurría en el film. Como mucho, es posible que algún bocazas recién salido del cine comentase, al pasar junto a la cola de la siguiente sesión, que alguien era el padre de otro alguien. Pero nada más. El público entraba casi virgen a la sala y la falta de información multiplicaba el impacto.

Y vaya impacto. Porque las salas de entonces no eran como las de ahora. Eran más incómodas, sí, y el único sonido envolvente era el de los crujidos de las butacas. Pero las pantallas sí eran grandes, grandes de verdad. Y si el televisor de tu casa era una antigualla en blanco y negro cuya imagen sólo se estabilizaba a golpe de mano abierta, entonces la sala de cine te parecía un lujo faraónico, con una calidad de imagen y sonido como de… como de película de ciencia – ficción.

Pero había algo más en el acto de ir al cine. Algo ceremonial, de misa solemne, de ritual prohibido… prohibido, entre otras cosas, ¡porque mis hermanos se negaban a llevarme!

“Eres demasiado pequeño”, “te vas a aburrir”, “nos vas a dar la película”, me decían. Y con cada una de sus palabras aumentaban mis ganas de acompañarles: si querían ir sin mí, por fuerza el cine tenía que ser algo interesantísimo. De modo que insistí y supliqué y lagrimeé, y cuando quedó claro que nada de eso iba a funcionar, opté por el recurso definitivo: la autoridad superior. Metí a nuestra madre en el debate, y ellos repitieron sus argumentos con la seguridad que da tener razón: “es demasiado pequeño”, “se va a aburrir”, “nos va a dar la película”, le decían.

Pero no les sirvió de nada. No fue tanto por mis súplicas como porque la discusión entre críos ya le estaba dando dolor de cabeza, pero el caso es que mi madre puso la ultima palabra, y minutos después, marchaba yo camino a San Sebastián, flanqueado por dos de mis hermanos. El mayor pagaba el bus, las golosinas y las entradas, el mediano me llevaba de la mano. El pequeño se salía con la suya.

El autobús nos dejó lejos del cine y tuvimos que recorrer a pie media ciudad, en una tarde sombría y tormentosa, con lluvia, viento y frío. Para cuando al fin llegamos a la cola de la taquilla estábamos tiritando y con la ropa mojada, calados hasta los huesos. Y se había hecho tan tarde que a duras penas logramos comprar las últimas localidades, en lo más alto del anfiteatro. El anfiteatro del Astoria.

Antes de que lo transformaran en un multicines de siete salas, el ya desaparecido Teatro Astoria era la sala más grande de Guipúzcoa, con 1.524 localidades. Una cifra bárbara si la comparamos con las 200 butacas de aforo medio que han acabado teniendo las salas de cine de San Sebastián: salas pequeñas, ubicadas casi todas en el extrarradio, en barrios periféricos o en centros comerciales. En cambio, el colosal Teatro Astoria se alzaba en pleno casco urbano. Hoy en día, construir un cine como ése sería impensable.

Pero cuando se estrenó “El Imperio contraataca”, el Teatro Astoria era el cine de referencia en la capital de Guipuzcoa. Y estaba lleno, lleno a rebosar, con 1.524 personas esperando a que empezara la película. La misma situación se vivía en cines de Bilbao, de Vitoria – Gasteiz, de Madrid o de Barcelona. Allá donde estrenaron “El Imperio contraataca”, colgaron el cartel de “Agotadas las localidades”.

De repente, la sala quedó a oscuras. Y cortando la oscuridad, surgió a nuestra espalda una navaja de luz que se clavó en la pantalla blanca. Y en ese instante, olvidé el cansancio y la ropa mojada y el frío polar que estaba pasando. Sólo tenía ojos para aquellas letras amarillas que se perdían, en perspectiva, hacia lo más profundo del espacio, empujadas por la música de John Williams.

“Uauh”.

Muchos años más tarde, llegué a la conclusión que los cines no eran sólo un montón de butacas donde reunirse frente a una pantalla. Eran, más bien, Máquinas del Tiempo para viajar a otras épocas y a otros mundos, y vivir en ellos un par de horas antes de volver al tuyo. Pero debo reconocer que, aquel lejano día, toda mi reflexión sobre lo que el cine significaba no pasó de un simple “uauh”.

Es todo lo que alcancé a decir mientras viajaba a una galaxia muy, muy lejana, habitada por grandes dinosaurios mecánicos, por el malvado Darth Vader (sí, el asmático que vestía de negro), por C3PO y R2D2, por un hombre bajito y arrugado que hablaba hacia atrás, por Luke Skywalker y la Princesa Leia y Han Solo, piloto del “Halcón Milenario” (¡“Milenario”, Juan, no “Milanero”!). Una galaxia con peligrosos campos de asteroides, con ciudades suspendidas en las nubes y con interminables Destructores Imperiales. ¡Y con espadas laser! Desde luego que no parecían fluorescentes con empuñadura: eran “armas más nobles, para tiempos más civilizados”. Después de ver un film de “La guerra de las galaxias”, no había niño que al coger un palo no imitara el ruido de una espada láser: “sssshiunggggggg… sssshiunggggg…”.

Sin embargo, mis hermanos tenían razón. Con sólo cinco años, era demasiado pequeño, me aburrí y les dí la película. Bastante antes de que acabaran las dos horas de proyección, yo ya estaba correteando por las escaleras del anfiteatro, arriba y abajo, pidiéndoles que me acompañaran a hacer pis (dos veces), reclamando más palomitas, preguntando cuándo se acababa la película. Incordiando a todo el mundo, vaya.

Al volver a casa, el mayor de los tres hermanos juró no volver a llevarme al cine y el mediano tuvo que pasar cuatro días en la cama, curándose del resfriado que había cogido al recorrer media ciudad bajo la lluvia. Me culpaban de haberles reventado el día, y no les faltaba razón.

Pero meses más tarde, volvieron a llevarme al cine. Y siguieron haciéndolo durante años, y yo era más feliz cada vez. Y las dos horas de cada película acabaron pasando en un suspiro. Aquella tarde de 1980 no fui el más atento de los espectadores, pero aún así, descubrí mi pasión.

Y por cierto: es verdad que alguien era el padre de otro alguien. Y esa paternidad era desvelada en la película con la imponente voz de Constantino Romero, en la versión doblada al castellano. Pero lo cierto es que, a mis oidos, la voz de ese padre no sonó más poderosa que la voz de, ejem, mi propia madre. Al fin y al cabo, Darth Vader no consiguió llevar a su hijo al Lado Oscuro, pero mi madre sí logró que dos (¡dos!) de sus hijos me llevaran a ver “El Imperio contraataca”. En lo que a mí respecta, ella demostró tener más fuerza que Darth Vader.

Título original: “THE EMPIRE STRIKES-BACK”

Director: Irvin Kershner

Guión: Leigh Brackett y Lawrence Kasdan, sobre una historia de George Lucas.

Intérpretes: Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher, Billy Dee Williams, Anthony Daniels, Frank Oz, Peter Mayhew, David Prowse, James Earl Jones, Kenny Baker, Alec Guiness, Jeremy Bulloch.

Estreno en Estados Unidos: 21 de mayo de 1980

Estreno en España: 29 de septiembre de 1980

Número de espectadores en España: 2.842.496

CURIOSIDADES:

–          El presupuesto inicial de “El imperio contraataca” era de 18 millones de dólares, siete millones más que “La guerra de las galaxias”. Buena parte de ese dinero lo puso George Lucas de su propio bolsillo, invirtiendo todas las ganancias que había obtenido con el primer film de la saga. Y para reunir el resto pidió un préstamo al Bank of America Entertainment, en vez de pedir el dinero a alguna de las grandes productoras de Hollywood. El objetivo de Lucas era no deber ni un solo dólar a las majors, para poder rodar su película con total independencia. Lo que significa que “El Imperio contraataca” es, por definición, un ejemplo del llamado “cine independiente americano”.

CONTINUARÁ: más curiosidades sobre “El Imperio contraataca”, mañana.

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Capítulo 2: Historias de la televisión: Aterriza como puedas

Capítulo 3: Cines de barrio: Febrero de 1982 En busca del arca perdida

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