Miradas: Gervasio Sanchez

Cris cometió un error. En su fin de semana en Madrid decidió acercarse al Centro Social Tabacalera para ver la exposición antológica del fotoperiodista Gervasio Sanchez.

A unas semanas del aniversario del 15M había defendido a capa y espada que las nuevas movilizaciones no serían violentas. Que la gente que había salido a la calle no eran capaces de ejercer la violencia, la mayoría ni tan siquiera habia hecho la mili o empuñado nunca un arma ¿Cómo podían ser violentas?. La revolución será pacífica o no será.

Por una salas grandes y frías, las primeras fotos de una America Latina de los setenta en llamas bajo las dictaduras de Pinochet o Videla no daba demasiado miedo. Lejana, en el tiempo y en la distancia, su crueldad era un eco del pasado resonando en sus púpilas.

Pero llegó el pasillo de los Balcanes.

Bosnia o la barbarie europea hace apenas veinte años. Cris había visto esa guerra por la televisión, en los periódicos, incluso había ido a algún concierto benéfico por los refugiados bosnios o albano-kosovares organizado por Bono de U2 o The Cranberries.

En las fotos se veia una Sarajevo en ruinas, pero también una Sarajevo justo antes de las ruinas cuando era como una ciudad cualquiera, como Madrid, y sus ciudadanos como nosotros, como bilbainos, o sevillanos o catalanes. Probablemente la mayoría no había disparado nunca un arma. Si entonces Europa no habia aprendido de las guerras ¿por qué ahora?

Y que pasa con los hombres, con esos soldados de las fotos – grito el estómago de Cris en una sala en silencio – ¿cuándo se pierde esla conciencia ciudadana y te conviertes en un soldado?.

Los ciudadanos de la antigua yugoslavia no eran tribus africanas en guerra por el engaño de radicales terratenientes religiosos. Eran ciudadanos europeos de finales del Siglo XX. Y sin embargo tomaron las armas, y cometieron horrores y asesinatos, genocidios y torturas sobre los que probablemente eran sus vecinos, los padres de los compañeros del equipo de baloncesto de su hijo o sus propios compañeros de oficina.

Y los mataron.

¿Cómo los seres humanos podemos ser tan crueles con nuestros semejantes?¿Puede cualquier persona sacar la bestia que lleva dentro y hacerla forma de vida?¿Cómo se acostumbra uno a la muerte?

Y a Cris le da miedo pensar que en un año el mundo no ha mejorado y que hay más rabia, más indignación, más precariedad y más miseria acumuladas como metralla dentro de una bomba que puede explotar, y no sabe si debe ser o no parte de la mecha.

Y recuerda aquella placa “Dormíamos, despertamos” anclada en la Puerta del Sol. Y Cris quiere ver esa placa, esa cuyo texto la nombraba.

No quiere leer más placas. Y le horroriza que puedan nombrarla.

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