“Cómics de ciencia – ficción, vida interior” (“Blade Runner”, agosto de 1982)

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Los años 80 estuvieron marcados, en su estilismo, por el fracaso. Y no porque las hombreras, los litros de laca y los cinturones en las axilas deban considerarse un fracaso estético (opinión, por lo demás, sumamente defendible), sino porque la película que marcó la estética dominante en toda esa década fue un rotundo fracaso de taquilla. Estrenada en Estados Unidos el 25 de junio de 1982, “Blade Runner” recaudó en su primer fin de semana la decepcionante cifra de 6 millones de dólares, llegando tan sólo al 2º puesto en el ranking. La 2ª semana bajó al 5º puesto, después al 8º y rápidamente se perdió en las simas de la taquilla, acumulando en su corta vida comercial poco más de 27 millones de dólares: muy por debajo de lo esperado en una película del director de “Alien – El octavo pasajero” y con el protagonista de “En busca del arca perdida” y de “La guerra de las galaxias”. Los posteriores reestrenos de “Blade Runner” maquillaron las cifras, y al transformarse con el tiempo en una película de culto sumó buenos dividendos con las ventas del DVD. Pero si hablamos de cine, de exhibición en salas de cine, no hay maquillajes que valgan: “Blade Runner” fue un fracaso económico.

Ahora bien: si hablamos de impacto visual, fue un éxito como pocas veces se ha visto. Su atmósfera decadente, de lluvia, neón y calles decrépitas, fue imitada hasta el hartazgo (no había videoclip que no recordara a “Blade Runner”). Y la (relativa) profundidad de su trama entusiasmó a esa parte del público que apreciaba la ciencia – ficción pero que consideraba infantil a George Lucas:  si los geeks adoraban “La guerra de las galaxias”, los que buscaban algo más aplaudían “Blade Runner”.

Y además, los que aplaudían “Blade Runner” eran los mismos que, aburridos del adolescente Universo Marvel, consumían cómics de ciencia – ficción. Esos cómics en los que se había inspirado Ridley Scott para crear los escenarios de “Blade Runner”; esos cómics que mi hermano mayor almacenaba en los estantes más altos de su armario, intentando que no estuvieran al alcance de mis manos de niño.

Obviamente, sí lo estaban.

Éramos una familia atípica, por numerosa: siete hermanos, cuatro chicos y tres chicas, con las chicas en el primer dormitorio del pasillo, mis padres en el dormitorio central y los cuatro chicos una puerta más allá, en el dormitorio más grande. Nuestras cuatro camas ocupaban dos paredes del dormitorio, y las otras dos paredes las cubría un enorme armario en forma de ele, en el que se apelmazaban nuestros libros, nuestros discos… y nuestros cómics. A menudo acababan todos mezclados, pero aún así podía apreciarse cierta lógica en su distribución. Mis ejemplares de “Mortadelo y Filemón”, “Astérix” y “Tintín” abarrotaban un estante, los cómics de “Conan, el bárbaro” saturaban otro, los libros más adultos de mi entonces único hermano emancipado tenían su propio espacio, y los cómics de ciencia – ficción de mi hermano mayor llenaban toda una estantería, de abajo a arriba, junto a su cama. Y, con el tiempo, acabé percibiendo en esa estantería una distribución lógica a prueba de bombas, característica del más cartesiano de los hermanos.

Abajo del todo estaban las revistas de cine, aquellas a las que podía acudir, y acudía, sin que a nadie le pareciera extraño que un mocoso empollara número tras número de “Fotogramas”. Justo encima estaban los cómics, digamos, inofensivos, y más arriba, con peligro creciente en cada estante, en cada instante, se encontraban aquellos cómics que, por edad, supuestamente no debía leer. Está claro que mi hermano infravaloró mis cualidades como escalador.

Portada típica de “Creepy”: modestia, la justa.

Estirando un poco el brazo, sin gran esfuerzo pero con la consciencia latente de hacer algo incorrecto, podía alcanzar los “Creepy”. No eran propiamente de ciencia – ficción pero sí de género fantástico, y en ellos conocí a “La Cosa del Pantano” de Bernie Wrightson, a los Hombres – Lobo de Richard Corben y a “Vampirella”, que ya entonces me pareció poco abrigada para vivir en Transilvania (o donde viviera, o en realidad en cualquier parte). Y en sus portadas, “Creepy” trataba de inquietar al lector con ilustraciones de cementerios, calaveras y demás Criaturas de la Noche. Pero debo reconocer que, poco a poco, las Criaturas que de verdad me inquietaban eran las mujeres semidesnudas que invariablemente aparecían en aquellas portadas un mes tras otro. Y por pura lógica estaba seguro de que, cuanto más ascendiera en la estantería, más interesantes serían las portadas.

Número 40 de “CIMOC”, a la derecha.

Cuando nadie miraba, empecé a subirme a la cama de mi hermano para poder ver qué había encima de los “Creepy”, y en el estante superior me encontré con los “Cimoc”… entrando así de lleno en los cómics de ciencia – ficción. Sus referencias cinematográficas eran tan obvias que hasta yo comprendí que “Cimoc” estaba pensando para fans de “Blade Runner” y similares: en sus páginas podian leerse las peripecias de dos aventureros del futuro llamados “Clarke & Kubrick”, de Alfonso Font. Y, efectivamente, sus portadas eran más interesantes que las de “Creepy”: entre la cacharrería futurista de sus ilustraciones aparecían mujeres más terrenales que espaciales, mostrando con atrevimiento todo su generoso escote y medio pezón (“Cimoc” nº 40, junio de 1984). A lo mejor, me dije, a lo mejor la ciencia – ficción no era en realidad el reclamo más poderoso de estos cómics…

Tenía que llegar más arriba, así que, de puntillas sobre la cama y estirando el brazo en toda su (infantil) extensión, alcancé un nuevo estante: el de “1984”. El título de esos cómics, pensé yo, debía estar tomado de un libro serio que tenía mi hermano emancipado en su parte del armario, y si aquellos cómics concitaban el interés de mis dos hermanos mayores, la cosa prometía. En ellos encontré de nuevo a Richard Corben, con historias que me parecieron todavía mejores que las “Creepy” (seguramente porque las mujeres de sus dibujos tenían aquí los pechos aún más grandes), y también leí a Juan Giménez, Fernando Fernández, Alfonso Azpiri, Abulí & Bernet… y las aventuras de “Druuna” de Eleuteri Serpieri (en la escala del perímetro pectoral, no podía haber nada más interesante que los dibujos de Serpieri).

Llegados a 1985, y para evitar la contradicción de que un cómic futurista tuviese un nombre del pasado, los editores de “1984” cambiaron su título por el de “Zona 84”… y dieron rienda suelta a su autobombo. Por eso una de sus portadas proclamaba, con absoluta seriedad y en grandes caracteres, que “Los grandes autores de cómic no limitan la imaginación: la amplían”. Pero por más que proclamaran las portadas, los contenidos de “Zona 84” eran mucho menos imaginativos, en general, que los de “1.984”. Por tanto, para poder seguir leyendo buenas historietas no tenía más remedio que completar la ascensión a la estantería. Y ya sólo quedaba un estante, el más alto, rozando el techo de la habitación.

Con las puntas de los dedos del pie izquierdo apoyados sobre la almohada y tres cojines, con el pie derecho encaramado al estante de “Creepy”, una mano sujeta al lateral del armario y el otro brazo estirado al máximo hacia arriba, rocé con las uñas los lomos de los cómics más prohibidos. Las clavé en ellos y estiré despacio hacia afuera, deslizándolos lo justo para poder cogerlos. Y con el tesoro ya en las manos, leí la palabra de cinco letras que daba título a esos cómics: “TOTEM”.

Debo reconocer que en las páginas de “TOTEM” no presté a Hugo Pratt la atención que merecía: el laconismo de sus dibujos era menos interesante que la sexualidad que Guido Crepax o las anatomías de infarto de Milo Manara (comparadas con las mujeres de Manara, las de Richard Corben parecían las madres de las “Mama Chicho”). Y por supuesto no tenía ni puñetera idea del argumento de “El Click” y no entendía muy bien lo que hacían sus personajes (y mucho menos, por qué lo hacían), pero releía esa historia de Manara, publicada por capítulos en las páginas de “TOTEM”, en cuanto tenía ocasión.

Y cuando el impacto de Manara se mitigó lo bastante como para que yo mostrara interés por otras páginas de “TOTEM”, descubrí que en ese cómic había un francés que dibujaba mucho, y bien. Un tal “Moebius”: un tipo que había colaborado con Ridley Scott en el rodaje de “Alien”, diseñando los trajes de astronauta de los protagonistas. Y buscando referencias a “Moebius”, regresé a la base de la estantería y allí redescubrí los números atrasados de “Fotogramas”, y releí los artículos sobre ciencia – ficción y sobre “Blade Runner”, y atisbé la vida interior de películas como ésa. Y deduje que, quién sabe: quizá la saga de las galaxias no era para tanto.

Jean Giraud, más conocido como “Moebius”, era en sí mismo un tótem de la ciencia – ficción. Por eso Ridley Scott le pidió que colaborara en los diseños de “Blade Runner”, tal y como había hecho en “Alien”. Pero “Moebius” rechazó la oferta, embarcado como estaba en “Metabarones” y demás proyectos propios… aunque, con el tiempo, lamentó aquella decisión. Haber sido copartícipe del éxito visual de “Blade Runner” habría engrandecido aún más su currículum.

Aún sin la aportación del genio francés, Ridley Scott contó con un equipo de colaboradores de primer nivel que hicieron de “Blade Runner” la referencia audiovisual por definición de los años 80. Su director de fotografía fue Jordan Cronenweth, doctorado en el mundo del videclip; de los efectos visuales se encargó Douglas Trumbull, responsable de los efectos de “2001: odisea en el espacio”; Vangelis compuso la banda sonora (después utilizada en la careta del televisivo “Informe semanal”)… y hasta Rutger Hauer puso su granito de arena. O granazo, mejor dicho.

El bueno de Hauer iba para estrella de cine, sobre todo tras su magnética interpretación del líder de los replicantes, Roy Batty, en “Blade Runner”. Pero sus pésimas elecciones profesionales (“Furia ciega”, “Segundo sangriento”, “Peligrosamente unidos”) acabaron desterrándole a las más oscuras estanterías de los videclubs. Sin embargo, Rutger Hauer puede atribuirse el mérito de haber parido la frase más recordada de “Blade Runner”: una frase de la que querrían ser autores todos los guionistas de cómics de ciencia – ficción. A cualquier altura de la estantería.

Título original: “BLADE RUNNER”

Director: Ridley Scott.

Guión: Hampton Fancher y David Webb Peoples, sobre una novela de Philip K. Dick, y Roland Kibbee (textos de la voz en off).

Intérpretes: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, Edward James Olmos, Brion James, Joe Turkel, M. Emmet Walsh, William Sanderson, Joanna Cassidy.

Estreno en Estados Unidos: 25 de junio de 1982

Estreno en España: 21 de agosto de 1982

Número de espectadores en España: 1.096.077

–          El legendario monólogo final de Rutger Hauer en “Blade Runner”, tal y como estaba escrito en el guión, era mucho más largo. Pero el propio actor sugirió que un speech tan extenso iba a resultar anticlimático, y Ridley Scott le dejó reducirlo a su antojo. Así que Hauer mantuvo las partes del monólogo que más le gustaban y añadió la frase final: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Cosecha de Rutger Hauer.

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