Papá Hacker

No. Ni Steve Jobs ha cambiado el mundo gracias a la informática ni el Desembarco de Normandía fue lo que liberó a Europa de los Nazis.

Aunque en ambas cosas si tuvo algo que ver un informático, no americano, sino inglés, nacido en la India.

 

Aunque hay quien dice que Hitler no se esperaba que Francia e Inglaterra le declararan la guerra cuando invadió Polonia, la verdad es que sabía bien que los ejércitos de ambos países estaban bastante mermados por la crisis económica y que el que él había estado preparando durante años era superior. Por eso a los alemanes no les sorprendió que en la primera incursión de la aviación inglesa sobre Berlín la bombardearan con… ¡¡Octavillas!!. En las que se aseguraba, eso sí, que volverían, con bombas.

No solo la aviación alemana era la mejor del mundo, también poseían una temible flota naval con los submarinos U-Boot como estandarte y un centro de comunicaciones encriptadas de forma indescifrable por las Máquina Enigma y Lorenz. Estas máquinas creaban códigos de cifrado para los mensajes que transmitían a los submarinos que aunque los aliados los interceptaran no podían saber la situación de los mismos, que masacraban a sus barcos.

Estas máquinas, parecidas a una máquina de escribir con electroimanes fueron  creadas por Siemens y The Lorenz Company. Esta última era la filial alemana de la americana  ITT Corporation. A finales de la guerra y debido a que los campos de exterminio salían muy caros y que cada vez quedaba menos mano de obra en alemania, al III Reich se le ocurrió matar dos pájaros de un tiro y The Lorenz Company sirvió para que presos de guerra trabajaran allí como esclavos hasta la muerte, sin ser prácticamente alimentados, con una media de 6 meses de duración vivos. Por suerte ITT fue adquirida hace unos años por Alcatel y ya no hay que preocuparse de su pasado.

La criptografía alemana era un problema grande y la inteligencia del ejército inglés reclutó a un matemático, Alan Turing para que trabajara en el Bletchley Park descifrando códigos. Este matemático desarrolló unos principios de computación con los que diseñó Bombe, una especie de gigantesca calculadora electromecánica que logró descifrar y replicar los códigos de Enigma, circunstancia que sin duda supuso un varapalo para las aspiraciones del ejército nazi. Aún no se trataba de un ordenador, pero sus principios, seguidos por los técnicos de Bletchley Park dieron lugar a Colossus Mark I, un gigantesco ordenador a válvulas que ya tenía su propio lenguaje de programación. Una vez terminada la guerra, con ejercito Nazi derrotado en gran medida, gracias a los movimientos estratégicos que las flotas de los aliados pudieron hacer con los mensajes descifrados de los alemanes, Alan Turing se fue a seguir su trabajo en la Universidad de Manchester, donde escribió el software de la Manchester Mark I, la primera computadora que tenía algo parecido a lo que podemos entender como memoria RAM.

Alan Turing había cambiado el mundo. Se había convertido en el primer hacker de la historia sin imaginar que esa palabra llegaría a existir, y sin duda es el papá de todos los hackers. Sin él, probablemente Hitler hubiera dominado el mundo  y Steve Jobs sería solo un tipo que hacía meditación. ¡¡Pero gracias a Steve Jobs tenemos Pixar!! me direis. Bien, sigamos.

Alan Turing centró sus posteriores estudios en la Inteligencia Artificial. Le gustaba creer que las máquinas serían capaces de pensar y todas las actuales investigaciones en este campo aún se basan en sus postulados. Desarrolló un método científico para determinar si una máquina podía pensar, el Test de Turing, que desde hace 20 años se aplica en la concesión del premio Loebner, una competición de softwares de los cuales nunca ninguno ha conseguido pasar la prueba de Turing. Podría pararme ahora a explicar en qué consiste, pero para qué, si ya tenemos una muestra audiovisual en la entrevista que el Agente Deckard (Harrison Ford) le hace a Sean Young para descubrir si es una humana o una replicante

No fue un problema que Alan Turing creyera que las máquinas podían ser capaces de pensar. Precisamente, el hombre que cambió el mundo tuvo problemas con otros hombres que no eran capaces de pensar. No fueron máquinas, ni androides ni replicantes, sino policías de carne y hueso los que en 1952 se lo llevaron preso, en Manchester, acusado de indecencia grave. Fueron jueces de mentes cerradas y oscuras los que le sometieron a un juicio en el que Turing se declaró culpable de homosexualidad.

Puede que jueces y legisladores hubieran sido capaces de pasar el Test de Turing, pero Alan nunca intentó desarrollar un test para comprobar la inteligencia humana, esa prueba les hubiera costado más

La condena era magnánima: le daba a elegir entre la cárcel y la curación a base de un tratamiento de estrógenos. El cruel algoritmo lo resolvió Alan aceptando someterse a la terapia, cuyo bombardeo de drogas y hormonas lo dejó impotente y le hizo crecer las tetas. Pasó a vivir como un ermitaño con su madre y dejó de ir a dar clases a la universidad. Los murmullos y las miradas de reprobación diarias se convirtieron en el pelotóon de fusilamiento que él rechazó.

Cada día, antes de acostarse, se comía una manzana. Una noche, pidió a su madre que inyectara cianuro en las manzanas. Y así acabó con su vida.

El hombre que cambió el mundo, dos veces, nació tal día como hoy de hace 100 años. Quizás es momento de volverlo a reinventar.

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