El amor en los tiempos olímpicos

En 1956, en plena Guerra Fría las Olimpiadas se disputaron en Australia, en Melbourne. Allí llegó con tan solo 24 años Olga para representar a uno de los países del Pacto de Varsovia: Checoslovaquia. Olga era muy alta y poco corpulenta y pese a que de niña había tirado hacia el baloncesto, finalmente acabó haciéndose lanzadora de disco, deporte que le llevó hasta la cita olímpica.

Quién más, quién menos es capaz de imaginar cómo debe ser la estancia en la Villa Olímpica con un montón de jóvenes deportistas de todas partes del mundo en un ambiente alegre. Todo puede pasar en estas circunstancias, también el amor. Dicen que lo de Olga y Harold fue un flechazo. Harold era el lanzador de martillo del equipo olímpico norteamericano y uno no puede sino ensalzar el valor de Cupido al atraverse a lanzar sus flechas contra quienes son duchos en el lanzamiento de objetos no menos mortales que las flechas, como el disco y el martillo.

Pese a lo certero del flechazo, tuvieron que mantener su amor en secreto durante el transcurso de los juegos.

La primera en competir en la ciudad australiana fue Olga. No era favorita ya que las soviéticas Beglyakova, Ponomaryeva y Yelkina tenían un mejor físico. Beglyakova hacía buenos los pronósticos yendo por delante durante toda la competición hasta que llegó el turno del último lanzamiento de Olga, en el que lanzó el disco hasta unos lejanos 53,69 metros que ninguna de sus rivales pudo superar. Olga se proclamó campeona olímpica.

Al día siguiente competía Harold, que tenía el récord mundial del martillo y estaba en su mejor forma física. Harold tenía un defecto físico desde la infancia debido a una enfermedad que le había dejado el brazo izquierdo siete centímetros más corto que el derecho; sin embargo, este defecto no importaba para su especialidad. Pese a su favoritismo Harold llegó al último lanzamiento detrás del soviético Krivonosov y no fue hasta este cuando sacó todas sus fuerzas y con un lanzamiento de 63,19 metros escaló hasta la primera posición. Logró el oro calzando unas zapatillas de ballet que utilizó para mejorar la movilidad en el círculo de lanzamiento.

El romance no acabó con la Olimpiada pese a que todo parecía ir en su contra. La Guerra Fría se encontraba en su apogeo y las políticas eran muy férreas.

La propaganda anticomunista rodeó a Harold y Olga tampoco lo tuvo fácil en el regreso a su tierra natal. Las críticas arreciaron y el componente político parecía envolver a la relación. Pese a todo decidieron seguir adelante y en 1957 Harold logró que lo autorizaran a viajar hasta Praga. Allí se reencontró con Olga y le pidió matrimonio.

Harold tuvo que pedir, incluso, una audiencia con el presidente checoslovaco quien dio su consentimiento, por lo que Olga recibió un pasaporte. Afortunadamente la política no se interpuso más. La boda en Praga terminó con una enorme fiesta en la que participaron más de 30 mil personas. Los padrinos fueron dos grandes deportistas checos: la Locomotora de Praga, Emil Zatopek, y la jabalinista Dana Ingrova.

Olga recibió el permiso de las autoridades checas y junto a su esposo se fue a vivir a California donde comenzó a trabajar como profesora de educación física. Ambos se mantuvieron entrenando y Olga recibió la nacionalidad norteamericana.

Bajo bandera de USA, la pareja intervino consecutivamente en los Juegos de Roma, Tokio y México sin lograr repetir los éxitos de Melbourne. En la cita de Munich, en 1972, Olga fue la abanderada de Estados Unidos en el desfile inaugural, pese a haber mostrado abiertamente su oposición a la Guerra de Vietnam,  pero la relación entre Harold Conolly y Olga Fikotova cambiaría apenas un año después de Munich, pese a que tuvieron cuatro hijos, no sobrevivieron al desgaste del tiempo y en 1973 se divorciaron. Esto conmocionó al mundo del atletismo que había seguido de cerca el inicio del romance diecisiete años antes y las carambolas vividas para poder llevarlo adelante. Aún así, demostraron que en el amor, como en el deporte, lo importante es participar.

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