La voz del miedo (“Poltergeist”, septiembre de 1982)

Se me van a enfadar los puristas, pero hay ciertas películas que es casi mejor verlas en televisión. Es obvio que la pantalla grande y el sonido envolvente de un cine no tienen comparación, pero si en una película de miedo todo su argumento gira entorno a la neblinosa pantalla de un televisor, lo más probable es que el miedo cale más en el público si ve esa película en la tele. Sobre todo si cuando acaba el film, suena la Carta de Ajuste… y después la pantalla del televisor se llena de puntos blancos y negros, envueltos por el crujiente sonido estático. Un sonido en el que, con un poco de imaginación, cualquiera podía acabar escuchando voces.

Al menos, eso me pasó a mí cuando ví “Poltergeist”.

Hay muchas leyendas paranormales en torno al rodaje de esa película. Se dice que cuando la actriz principal, JoBeth Williams, volvía a su casa de Los Ángeles cada noche después del rodaje, la pobre encontraba los muebles movidos de sitio sin que (aparentemente) nadie los hubiera tocado. Se dice también que Zelda Rubinstein, otra de las protagonistas del film, tuvo un extraño sueño a mitad de rodaje: soñó que su perro le hablaba y le decía “Adiós”. Horas más tarde, Rubinstein recibió una llamada telefónica de su madre, informándole de que el perro acababa de morir. Y Beatrice Straight, que interpreta a una parapsicóloga en “Poltergeist”, decía haber sido testigo en su infancia de auténticos fenómenos paranormales. Straight creció en una granja en la que, al parecer, se escuchaban voces misteriosas en plena noche, y para descubrir su origen participó en una sesión de “ouija”. Así averiguó que, casi un siglo antes, una mujer india murió ahogada en el lago que había junto a la granja.

Y, por supuesto, está la llamada “Maldición de Poltergeist”: una maldición que habría dado muchísimo material de trabajo a cierto doctor calvo y barbudo con voz cavernosa, que fue toda una estrella de la televisión en los años 80.

Lástima que yo no pude ver todos sus programas.

Como diría aquel: “inquietante, ¿verdad?”.

Aquella noche de 1982, como tantas otras noches, yo estaba arrebujado en el sofá, quemando ante el televisor los últimos minutos del día antes de irme a la cama. Y como tantas otras noches, la voz de mi padre dictó que era el momento de que yo me acostara, en cuanto dedujo que aquello que iban a emitir no era apto para mi edad. Normalmente su orden coincidía con el instante en que aparecían en pantalla los dos fatídicos rombos blancos, en la esquina superior izquierda del televisor. Esos rombos eran el primitivo código de clasificación de contenidos de Televisión Española: un solo rombo indicaba que el programa no era aconsejable para menores, pero los dos rombos iban más allá del simple consejo y se transformaban automáticamente en una orden directa para abandonar el salón. Supuestamente, los dos rombos eran sinónimo de sexo, violencia o terror. Pero para mí, eran sinónimo de que el programa que los tuviera era sin duda mucho más interesante que los demás.

No recuerdo si “La Puerta del Misterio” tenía dos rombos o no, pero ya su cabecera sugería miedos y terrores ancestrales, y mi padre no estaba dispuesto a que su hijo pequeño pasara por ello. O al menos, no estaba dispuesto a que, una vez más, volviera a despertarle en plena noche para dormir en su cama, después de haberme orinado en la mía. En cualquier caso, la voz del presentador de “La Puerta del Misterio” inspiraba más miedo que cualquier rombo.

Se llamaba Fernando Jiménez del Oso, Doctor Jiménez del Oso. Nació en Madrid en 1941 y era médico psiquiatra, aunque se hizo famoso como experto en parapsicología. Comenzó su carrera en televisión en 1967, trabajando para Narciso Ibáñez Serrador como guionista de la teleserie “Historias para no dormir” (e incluso intervino brevemente como actor en uno de sus capítulos, titulado “El regreso”). A partir de 1974, Jiménez del Oso colaboró en el programa “Todo es posible en domingo”, hablando sobre enigmas y misterios, y en 1976 le concedieron su propio programa: “Más allá”. Pero, en mis oidos de niño, la voz del Doctor no empezó a resonar hasta 1982, con la primera emisión de su nuevo programa: “La Puerta del Misterio”.

 

Aquella noche, como decía, mi padre me ordenó que me fuese a dormir. Protesté, remolonée y acudí al socorrido “por favor”, pero su respuesta fue inflexible: “a la cama”. Al fin me levanté, estiré el pantalón del pijama, busqué lentamente mis zapatillas (cualquier cosa con tal de arañar unos minutos más en el salón) y crucé la puerta hacia la oscuridad del pasillo.

Por supuesto, no llegué a mi cama. En vez de eso, entré en el dormitorio de mis padres y eché un (nuevo) vistazo a un par de libros que él tenía siempre sobre su mesilla de noche: “Civilizaciones del silencio”, de Peter Kolosimo, y “La respuesta de los Dioses”, de Erich Von Däniken. Ambos defendían, más o menos, las mismas teorías: que casi todas las grandes civilizaciones del pasado debían sus logros, sus avances tecnológicos y (en particular) sus grandes construcciones a la acción directa de razas extraterrestres. Sus pruebas irrefutables eran todos aquellos grabados y bajorrelives incas, mayas, aztecas o egipcios en los que parecían adivinarse naves espaciales y trajes de astronauta. Y puesto que aquellas teorías y pruebas estaban explicadas en letra impresa, debían ser el fruto de profundas investigaciones por parte de auténticos científicos de intelecto superior.

¿O no?

Salí al fin del dormitorio conyugal, entré en el mío, abrí las sábanas de mi cama y me quité las zapatillas. Pero no me acosté: una vez más (como tantas otras noches) el influjo del televisor me arrastró hasta la puerta del salón. Era una puerta doble, de madera, con un amplio cristal translúcido en el centro de cada hoja; distorsionada tras el cristal, se adivinaba la luz de la pantalla. Empujé lentamente una de las puertas con la punta del dedo, para abrirla con suavidad y evitar que el ruido de las bisagras me delatara. Y a través de la estrecha rendija, atisbé la otra puerta: la del “Misterio” de Jiménez del Oso.

Su voz era profunda, envolvente, convincente. Y era la Voz del Miedo porque me convencía de que todo lo que decía el dueño de esa voz era pavorosamente cierto. Su estudio en penumbra, el escritorio antiguo cubierto de papeles y las estanterías al fondo, atestadas de libros, aumentaban a mis ojos la credibilidad del Doctor. Así que allí me quedé, en medio de la oscuridad, respirando despacio y chupando frío, con los pies desnudos sobre las gélidas baldosas del suelo. Acojonado, vaya.

Sin embargo, mi percepción de las cosas habría sido muy diferente si en aquel mismo instante hubiera podido realizar un Viaje Astral de los que tan a menudo hablaba el Doctor. Un viaje en el tiempo hacia el futuro, hacia el presente, cuando escribo estas líneas y soy consciente de que Peter Kolosimo no era un respetado científico sino un autor de best – sellers nacido en Italia: en realidad se llamaba Pier Domenico Colosimo, pero firmaba sus libros escribiendo su apellido con “ka” porque, la verdad, “Kolosimo” le daba un aire mucho más inquietante.

Al menos, Erich Von Däniken no tuvo que cambiarse el nombre. Con ese nombre, su nombre real, se han publicado sus 26 libros, traducidos a 32 idiomas y de los que se han vendido 63 millones de ejemplares en todo el mundo. Sus teorías sobre las razas alienígenas ayudando a los egipcios a poner una piedra encima de otra se han hecho extraordinariamente populares, por más que los arqueólogos de carrera clamen que esas teorías no son tales: sin más pruebas que la imaginación de su autor, no pueden pasar de ocurrencias. Ocurrencias, además, sospechosamente parciales, porque todas las antiguas civilizaciones auxiliadas según Von Däniken por los extraterrestres, e incapaces por sí mismas de construir nada, florecieron en Sudamérica, África o Asia. Parece que sólo los blancos europeos nos valíamos por nosotros mismos para construir, por ejemplo, catedrales góticas.

No obstante, aún hoy, con Viaje Astral o sin él, me resisto a incluir al Doctor Jiménez del Oso en el mismo lote que Von Däniken o Kolosimo. Y es que el Doctor, entre otras cosas, rebatió la teoría de que los peruanos dibujos de Nazca fueran pistas de aterrizaje para naves espaciales y les atribuyó un origen meramente antropológico: él mismo defendió que, con toda probabilidad, esos dibujos eran simples manifestaciones religiosas de los (muy humanos) habitantes de Perú.

Hay, ciertamente, negras sombras en la credibilidad del Doctor. El 13 de febrero de 1983 emitió en “La Puerta del Misterio” un falso documental británico llamado “Alternativa 3”, sobre la supuesta construcción de un refugio en Marte, financiado por los Estados Unidos y la Unión Soviética, para alojar allí a los supervivientes de un hipotético cataclismo ecológico en la Tierra. Y arropó ese documental con la credibilidad de su voz, a pesar de que fue grabado para emitirse en el Reino Unido un 1 de abril: el día de los Inocentes en el mundo anglosajón. Cuando la falsedad del documental se hizo pública y notoria, “La Puerta del Misterio” fue cancelada y muchos dieron la espalda a Jiménez del Oso. Grabó distintos programas después, hasta su muerte en 2005, pero para muchos, para mí, ya no era lo mismo. Otros comunicadores que comparten apellido con el Doctor intentan mantener vivo su inquietante legado, pero lo dicho: ya no es lo mismo.

Sin embargo, en lo más profundo de mí, espero que Jiménez del Oso jamás lea estas líneas. El niño descalzo junto a la puerta del salón sigue temiendo esa Voz porque, si ya era cavernosa en vida, su Voz de Ultratumba haría temblar las paredes.

 

Aquella noche tirité hasta que acabó “La Puerta del Misterio” y, antes de que llegara la Carta de Ajuste, volví corriendo a mi cama para, esta vez sí, acostarme. Y cerré los ojos con fuerza, con mi cabeza llena de imágenes, llena de voces, mientras probablemente mis padres se hacían los tontos fingiendo no haber sido conscientes de mi presencia tras las puerta. Como tantas otras noches.

Menos mal que no me quedé hasta que acabó la Carta de Ajuste. Menos mal que no asistí a la nieve titilante en la pantalla mórbida del televisor, porque, de haber sido así, habría tenido aún más miedo años más tarde, al ver “Poltergeist” en la pequeña pantalla.

Título original: “POLTERGEIST”

Director: Tobe Hopper y (no acreditado) Steven Spielberg.

Guión: Steven Spielberg, Michael Grais y Mark Victor.

Intérpretes: Craig T. Nelson, JoBeth Williams, Heather O’Rourke, Zelda Rubinstein, Beatrice Straight, Dominique Dunn, Oliver Robins.

Estreno en Estados Unidos: 4 de junio de 1982

Estreno en España: 1 de septiembre de 1982

Número de espectadores en España: 1.502.121

–          La llamada “Maldición de Poltergeist” es una leyenda urbana alimentada por una dramática realidad: la muerte de cuatro de los actores de la saga de “Poltergeist”. La primera en morir fue Dominique Dunn, que interpretaba a la hija mayor de la familia protagonista en el primer film de la saga: murió estrangulada por su novio, con sólo 22 años de edad, pocos meses después del estreno de “Poltergeist”. Cuatro años más tarde murieron dos actores de “Poltergeist II”: el anciano Julian Beck, que falleció de cáncer de estómago, y el actor de origen indio Will Sampson, que murió en el quirófano de un hospital mientras le operaban del corazón. Ambos fallecieron a los pocos días de que se estrenara “Poltergeist II”.

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