Feliz cumpleaños, Michael

“Nunca he llegado a ver “Tiburón, la venganza”, aunque todos los que la han visto me han dicho que es una película horrible. Sin embargo, sí he visto la casa que me compré con lo que me pagaron por filmarla, y debo decir que es una casa maravillosa”.

Con estas palabras se justificó hace tiempo Michael Caine por haber participado en la cuarta entrega de la saga de “Tiburón”: ésa en la que el tiburón del título atacaba a la familia Brody “por motivos personales”. Sobra decir que la película era igual de buena que su argumento, y que estaba muy, pero que muy por debajo del talento de Michael Caine. Pero el bueno de Caine nunca le ha hecho ascos a un buen cheque, y echando un vistazo a su biografía se puede comprender por qué.

Una biografía, por cierto, que abarca ya casi ocho décadas. Y es que este jueves, Michael Caine cumple 80 años.

Maurice Joseph Micklewhite nació el 14 de marzo de 1933, en la zona portuaria de Londres, en una familia extremadamente pobre. Su madre era criada, su padre era un pescadero de origen gitano, y para ellos comer cada día no estaba garantizado. Por eso, años más tarde, y ya con el nombre artístico de Michael Caine, este actor se declaraba incapaz de renunciar a una propuesta bien pagada: en su fuero interno, por muy prestigioso y conocido que ya fuera, latía aún el miedo a la pobreza, el miedo a que algún día descubrieran que no era tan buen actor, el miedo a que dejaran de contratarle. El miedo al hambre.

Creció siendo un delincuente juvenil, aunque se reformó con la disciplina de un colegio judío y el apoyo incondicional de un pastor metodista del barrio. Se alistó en el ejército británico para luchar en la Guerra de Corea, donde fue uno de los 4 únicos supervivientes de su pelotón. De vuelta a Inglaterra, se ganó la vida como portero de un burdel, mozo de carnicería y ayudante de escenógrafo. Y fue en ese empleo cuando descubrió su vocación de actor… y cuando descubrió también, seguramente, que un actor podía vivir muy bien.

Consciente de que Maurice Micklewhite no era un nombre con mucho glamour, el chico pasó a llamarse Michael Caine, tomando su apellido artístico de una película que triunfaba en los cines en aquel entonces: “El motín del Caine”. Y con su nuevo nombre, tardó unos años en hacerse un ídem en el cine, hasta que al fin le reclutaron para su primer gran éxito: “Zulú”, una película de aventuras definible como “la versión británica de El Álamo”, con el joven Michael encarnando a un aristócrata. O sea, lo contrario de lo que era en la vida real.

Con la característica falta de imaginación que suelen mostrar los directores de casting, a partir de entonces a Michael Caine sólo le ofrecían papeles de aristócrata. Pero (por supuesto) sin despreciar una sola libra, lo que de verdad colocó a Michael Caine en una posición singular en la industria del cine fue su encarnación del “working class hero”: un pillo tirando a barribajero en “Alfie”, un matón de pueblo industrial en “Get Carter”, un espía con gafas en “Ipcress” ¡justo cuando James Bond era más famoso! Si el James Bond de Sean Connery se definía por el glamour, los trajes caros y los coches rápidos, el Harry Palmer de “Ipcress” era el funcionario apañado, el espía oscuro y sin brillo, el obrero de la Inteligencia. Mucho más George Smiley que James Bond (entre otras razones porque a Bond nunca le veremos haciéndose el desayuno).

Y todo ello sin perder el acento “cockney”: el acento característico de su barrio natal, nunca escuchado hasta entonces en una gran estrella de la pantalla. De hecho, otros actores británicos de origen humilde, como Bob Hoskins, reconocen haberse atrevido a querer ser actores al ver que un tipo como Michael, un tipo tan humilde y “cockney” como cualquier otro, podía llegar a ser una estrella.

Desde entonces, y en ocho décadas de vida, ha habido altibajos, éxitos y fracasos, buenos films (“La huella”, “Un trabajo en Italia”, “Comando en el mar de China”) y malos films (“En tierra peligrosa”, protagonizado y dirigido por Steven Segal). Y entre tanto, están sus 6 nominaciones al Oscar y sus dos Oscar de mejor actor secundario: por “Hannah y sus hermanas” y por “Las normas de la casa de la sidra”. Aunque sólo el segundo lo pudo recoger en persona, porque cuando le concedieron el primero no estaba en Los Ángeles, sino en las Bahamas… filmando “Tiburón, la venganza”.

A finales de los años 90, entrado ya en años, Michael Caine supo reconvertirse con habilidad en un secundario de lujo. Y quizá porque ya tenía suficientes casas, supo también escoger con más tino: “Hijos de los hombres”, “Origen”, la trilogía del “Caballero Oscuro”. Sin perder su talento, su naturalidad… y su acento.

Y si todo lo dicho hasta ahora no fuera suficiente para aplaudirle, siempre podemos recordar que suya es una de las mejores réplicas de la historia del cine: la de “El hombre que pudo reinar”, cuando allá por Kafiristán un humilde campesino, al ver sus armas de fuego, le pregunta si él y su amigo Sean Connery son dioses, y Caine responde sin inmutarse: “somos ingleses, que es casi lo mismo”.

El jueves, una leyenda del cine cumple 80 años. Feliz cumpleaños, Michael.

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