El día en el que cometí fraude electoral

La culpa, como se suele decir popularmente, la tuvo ZP. Yo había planificado cogerme mis primeras vacaciones en todo un duro año de trabajo a finales de Noviembre. Con los vuelos y los hoteles reservados me encuentro con que dos meses antes del inicio de mis vacaciones el presidente de España anuncia el adelanto de las elecciones generales para el 20 de Noviembre. Inmediatamente lo supe: me iba a tocar estar en la mesa electoral. Tal vez esto tenga poco interés ahora mismo, pero será clave para justificar moralmente por qué cometí fraude electoral.

Por si acaso, fui solicitando el voto por correo pero Murphy fue inclemente y un par de semanas antes me llegó la notificación del ayuntamiento: Vocal.

La primera reacción fue pensar en cómo podía librarme pero una vez constatado de que sería imposible, tuve que venir esa fecha a casa y volver a irme de vacaciones. Sin embargo, al leer el reglamente que te mandan con la citación mi enfado fue completo al comprobar que además de estar en la mesa ¡¡No podía votar!! Ya que quién ha solicitado el voto por correo no puede introducirlo físicamente en la urna y por supuesto, los papeles del voto por correo no me llegaron antes de que me fuera de vacaciones , “Aquí hasta el último día no se mandan” – ,me dijo el jefe de correos, “por si acaso ilegalizan algún partido a última hora”.

La mañana del 20 de Noviembre me presenté en el que fue mi instituto, medio adormecido, enfadado por interrumpir mis vacaciones y por no poder votar, dispuesto a celebrar por todo lo alto la fiesta de la democracia cuando el conserje del instituto, que era el que iba nombrando a los componentes de la mesa me dice “Hombre Pablo, ¿Qué tal?, ¿Sigues con lo de tu empresa?”, tras asentir uno de los interventores me dice: “Qué suerte alguien joven y acostumbrado al papeleo”. Esto me hizo pensar que el día iba a ser duro.

Allí estábamos las tres personas que conformaríamos la mesa. Un presidente de mediana edad, padre de familia que pasaba e iba a pasar de todo durante la jornada. La vecina vieja del primero (esto no es un tópico, de hecho era mi vecina vieja del primero), que apenas sabía usar una regla. Poco a poco fueron llegando los interventores. Me parece importante resaltar que al ser un mesa electoral en el País Vasco había muchos interventores, una mujer mayor del PNV, un hombre aún más mayor del PSOE y dos hombres de mediana edad de Amaiur. Sin embargo todo el papeleo me cayó a mí, en seguida me encontré con todas las actas y sus duplicados delante de mí y unas breves explicaciones del conserje sobre cómo tenía que rellenarlas.

Después llega el aburrimiento, horas y horas de un goteo de gente que viene a votar y en las cuales apenas se hacía nada interesante. Circunstancia esta que hacía que el interventor del PSOE se quedara traspuesto en la silla y yo fuera siguiendo las elecciones por twitter e insinuando a los de Amaiur que acabarían yendo al grupo mixto con Rosa Diez y tuiteando chistes malos.

Claro que los que allí estamos (interventores, apoderados y la chica de las estadísitca incluidos) sabíamos que lo realmente duro llegaría tras el cierre de las urnas. Justo cuando más ganas tuviéramos de ir a casa. Así que, como creo que suele hacerse habirualmente, fui rellenando todas las actas, excepto los espacios reservados al recuento, para ir adelantando tiempo y se las fui pasando a los interventores y el resto de la mesa para que las fueran firmando.

Llega el final de la noche. Se cierran las mesas, votan los interventores, se abre el voto por correo y se introduce en la urna, votan los integrantes de la mesa, excepto yo, que estaba marcado como voto por correo, se abren las urnas y comienza el recuento.

Para contar los votos las urnas se vierten sobre una mesa, los integrantes de la mesa y los interventores van cogiendo puñados de votos y amontonando los que coinciden y apartando los nulos y los blancos. El congreso nos da problemas, faltan 3 votos, se recuentan y todos coinciden excepto los montones del PNV y del PSOE. Recontamos, lo mismo, faltan 3 votos. Le doy el montón del PNV al interventor del PSOE y el del PSOE a la mujer del PNV. Recuentan y se repite. Faltan 3 votos. Uno de los interventores de Amaiur propone: “¿Los dejamos en votos en blanco? El presidente de la mesa decide. No vamos a estar aquí contando votos hasta mañana, pues”. Los del PSOE y PNV están de acuerdo y al presidente de la mesa le falta tiempo para aceptar la propuesta”

Todos se relajan y entro yo en acción a pasar las cifras del recuento que he anotado en una hoja en sucio a las actas, teniendo en cuenta que tengo que poner tres votos más en blanco de los que realmente hay para que coincida la suma total con la participación. Y mientras estoy rellenando las actas lo veo claro: están todas firmadas, nadie las va a mirar después de mí y he tenido que interrumpir mis vacaciones y tragarme más de 12 horas en una clase para no poder votar ¿Y si solo añado dos votos más a los votos en blanco y añado uno más al partido que yo quería votar?

Miro alrededor , no veo que haya observadores internacionales, es mi oportunidad de cometer fraude electoral.

Llego a mi casa, cansado, pongo el Telediario para ver los resultados electorales, compruebo que el partido al que suelo votar no ha obtenido representación en mi circunscripción gracias a la Ley Electoral y pienso,  ¿Qué pasará en otros sitios dónde no se tomen tan en serio las política como en Euskadi, sitios en los que puede que solo haya un interventor de un solo partido en la mesa, o en pueblos pequeños en los que se intente cerrar la mesa cuánto antes y que ni siquiera hay alguien joven y acostumbrado al papeleo en la mesa excepto el concejal de turno? Mejor no pensarlo y brindar por la fiesta de le democracia.

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