Jugar a ser menor

Uno de mis mayores miedos es acabar siendo un mendigo, viviendo en la calle. Otro es acabar padeciendo alzheimer, pero dudo que en ese caso pueda sentirme responsable de mi situación, seguramente en la primera tendría que lidiar además con el sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, si estas son mis peores pesadillas es debido a que mi anterior peor pesadilla ya no se puede hacer realidad: Soy demasiado mayor para quedarme sin infancia. Demasiado mayor para ser un niño sin la posibilidad de imaginar que protagoniza su propio cuento infantil.

Esto fue lo primero que pensé cuando el resto de Cuerdos me hablaron de las niñas de Yuwa en la India, que quieren ser niñas durante más rato luchando contra su destino: la explotación y el matrimonio infantil, y lo hacen como cualquier niño a su edad: jugando a fútbol.

@maitesdg: Esta foto la tomé en Jaisalmer, India. El collar de la nena era de compromiso

Cuando era pequeño temía encontrarme en una aldea de centroáfrica, siendo un niño soldado encañonado por un Kalasnikov que empuñara un Atreyu al que todas sus fantasías se le habían quedado en nada. Temía imaginarme a Mowgli cosiendo zapatillas de Nike en una fábrica textil en Bangladesh o a Tom Sawyer pasando papelinas en una esquina de Baltimore Oeste. Que Ariel quedaba atrapada en las redes de un ballenero furtivo. Que Bastian Baltasar Bux, sin beca de estudios, acompañaba a su padre a recoger chatarra por las tardes sin poder pisar una biblioteca. Los cuatro hierros que recogen sirven para poder llevar un tupper a clase al día siguiente. Pocahontas esnifa pegamento en una favela esperando al próximo capitán de la arena que venga a robarle un beso.  Simbad el Marino detenido junto a otros 30 inmigrantes en un kayuko por la Guardia Civil no sobrevive a la pena en un CIE y paraa Aladino (porque cuando yo era pequeño no se llamaba Aladdin), la lámpara maravillosa es una pequeña candela que le da calor debajo de unos cartones, porque sí, porque además de ancianos mendigos, también hay niños mendigos. Y es más, también hay niños ancianos, que son aquellos que nacieron en lugares en los que nunca nadie les ha dejado jugar a ser mayores, porque nunca han sido pequeños. Para ellos, el deseo de Peter Pan de ser un niño que no quería crecer se ha convertido en la pesadilla de ser niños a los que les han obligado a envejecer antes de tiempo, Nunca Jamás es Siempre y Ya.

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También soy consciente que algunas veces, protagonizar un cuento infantil no es ninguna fantasía. Lo sé desde que me enteré de que el 4 de Abril de 1960, Peter Llewelyn Davies, un hombre de 63 años, salió de casa y se dirigió hacia el metro de Sloane Square, caminó lentamente por el andén y al llegar el metro se arrojó a las vías, cansado del suplicio que le produjo acarrear toda su vida con el personaje de cuento al que había inspirado. Al día siguiente los periódicos titularon “Peter Pan se suicida”. Ni así se libró de la eternidad del niño que no quería crecer.

Treinta años antes, había coincidido en unos encuentros en la Universidad de Columbia con una octogenaria Alice Liddell. Esta abuela y sus dos hermanas habían sido educadas en su infancia por Lewis Carroll, que se había basado en ella para escribir “Alicia en el País de las Maravillas”. Ella también tuvo que cargar con el peso del personaje universal al que había inspirado, tuvo una infancia maravillosa, en una familia de clase alta junto a sus hermanas, aunque dicen que Lewis Carroll intentó pedir la mano de alguna de ellas, quizás de la porpia Alicia, lo que provocó su ruptura con la familia. Se rompió también la fantasía y la inocencia de aquellas niñas.

La misma fantasía y la misma inocencia es la que nos negamos que se les rompa a las niñas de Yuwa, aunque tal vez su relato sea más parecido al de Oliver y Benji, su realidad es más próxima a la de una Alicia que si a los 14 hubieran estado casada en un matrimonio infantil pactado, hubiera arruinado un País de las Maravillas que probablemente nunca jamás hubiera llegado a existir.

Contra la falta de sueños y fantasías, contra los miedos infantiles, es fácil luchar, lo hacemos de generación en generación, escribiendo cuentos, historias, y narrándolas de padres a hijos, de hermanos mayores a pequeños, de niños a otros niños. Es decir: difundiendo historias. Y eso es lo que voy a hacer yo hoy y espero que hagáis todos, difundir la historia de las niñas de Yuwa (y poner bote en el crowdfunding):

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