No me gusta el fútbol

No me gusta el fútbol. Lo siento. No me gusta. Lo he intentado pero no me gusta. no se trata de una postura intelectual o snob o hipster. Es que no me gusta, me aburre ver un partido de fútbol hasta extremos que soy incapaz de hacer zapping o en su defecto, dormirme en el sofá, pese a los intentos de los comentaristas por no dejar que cierre los párpados. No me gusta. Y esto es algo que me ha pasado siempre. No es consecuencia de la formación a lo largo de los años de mis inquietudes intelectuales. Es que me ha aburrido siempre. Y no entiendo cómo le resulta entretenido al resto de personas. Quizás hago algo mal, no lo miro adecuadamente, no lo sé.

 

No se me puede acusar de no haberlo intentado. Incluso con una temprana edad. Fueron las temporadas 80-81 y 81-82, en las que mi padre y mi abuelo, decidieron que su primer retoño de apenas 6 años debía empezar a ir al campo de Atocha a ver jugar al equipo de sus amores: la Real Sociedad de San Sebastián. Si tenéis algo de memoria histórica ode deportiva, sabréis que no me tocó vivir precisamente dos temporadas anodinas en la historia del club vasco, por el contrario, viví sus dos temporadas más gloriosas. Temporadas en las que el modesto equipo de mi ciudad natal obtuvo sus dos únicos campeonatos de liga, con una plantilla compuesta por jugadores locales y de la cantera en su totalidad. Para estar orgullosos, vamos.

 

Sin embargo, el espectáculo, la emoción y la épica que se vivían en el el pequeño y desaparecido campo de Atocha no parecía animarme lo más mínimo y después de un rato mirando al campo, y otro rato moviendome por la grada – que en aquel entonces era una grada de pie, sin butacas – le pedía a mi padre que me cogiera en brazos y me quedaba dormido. Las jornadas iban pasando con la misma rutina y yo, como buen niño, iba ganando centímetros y kilos asi que supongo que esto y las ganas de mi padre de poder levantar los brazos para celebrar los goles de Satrustegui y Lopez Ufarte, hicieron que renegara de cogerme en brazos cuando los lances del juego me llevaban a un inevitable adormecimiento. Y empecé acurrucarme en el suelo de la grada de pie mientras la gente gritaba “No pasa nada, tenemos a Arconada”.

 

Aun faltaban unos cuantos años para que una avalancha humana en una de las gradas del estadio Hillsborough, del Sheffield Wednesday, causara la muerte de 96 hinchas del Liverpool, cuando apenas habían transcurrido seis minutos de la semifinal de la Copa inglesa y llevara a la progresiva desaparición de los gallineros en los estadios de fútbol. Sin embargo, mi padre y mi abuelo debieron advertir algo de peligro en mi seguridad mientras soñaba en la grada de pie y la masa se venía adelante al celebrar un nuevo gol de corner o insultar al árbitro de turno.

Así, decidieron colocarme encima del pedestal de una de las bases que sujetaban los pilares del estadio. Estos pilares eran unas largas columnas redondas de metal pintadas de azul que caían desde el techo hasta un bloque de hormigón. Y allí me sentaban cuando el sueño y el aburrimiento me vencían. Sin embargo, con el paso de los minutos y mis cabeceos, me iba escurriendo poco a poco hasta despertarme o acabar de nuevo en los brazos de un padre que no se daba por vencido en su intento de congraciar a su hijo con el fútbol. La base de la columna tenía cierta forma piramidal para evitar que los aficionados se sentaran allí, y pese que contaba con la ayuda de la ligereza de un niño pequeño, poco a poco la gravedad y el sueño me derrotaban.

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Si algo no les falta a mi padre y a mi abuelo, es tozudez e inventiva, así que decidieron solventar el problema llevando al estadio un gran cinturón con el que me sujetaban por la cintura a la columna azul del estadio. De esta forma, cuando sentado en el pedestal me dormía, quedaba colgado de la cintura sin precipitarme a la grada.Y así, crucificado, fue como asistí a las dos proclamaciones de la Real Sociedad como campeón de liga, mi padre no consiguió que el fútbol me entretuviera. quién sabe si quizás en tiempos posteriores, con butacas en los estadios gracias  las avalanchas como las de Hillsborough o Heysel, o con las cámaras de Lo que el ojo no ve, las coass hubieran sido distintas.

 


O quizás es una cuestión de sexos, y mi padre debía haberlo intentado con su hija en vez de con su hijo aunque os aseguro que por aquel entonces, Alonso no portaba la elegancia y la belleza jugando en la Real Sociedad con la que su hijo ahora entretiene a cientos de espectadoras. El fútbol no lo hicieron para mí.

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No sufrais por mí, pocos años después, una pareja de enormes deportistas rivales consiguió que pasara unas entretenidas madrugadas de viernes, cerca de las estrellas, sin colores, o con todos los colores. Pero esa será otra historia.

 

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