Lugares comunes

Todo empieza en unas escaleras mecánicas, como suelo decir yo, en las escaleras mecánicas empiezan y acaban las mañanas de sábado. Desde los escalones sin fin se puede ver una cola de padres cogiendo la vez para dejar a sus retoños en un parque acristalado de piscinas de bolas de colores, pasadizos acolchados, pantallas de plasma y grandes bates de beisbol de gomaespuma. Las escaleras mecánicas acaban en un estante de lápices, cuartillas y metros de papel, anchas bolsas de plástico amarillo y un guarda de seguridad por quién darías todo tu dinero para que no tuviera que desenvolverse en un asalto. A los pies del guarda comienza un camino de baldosas grises con flechas negras cuya primera parada está repleta de sillones y sofás. Una pareja de niños revolotea alrededor de un sillón mientras sus padres se sientan en un sofá beige. Él mira una mesita Lack rosa con ganas de ponerle los pies encima, como suelo decir yo, no hay nada como estar en casa para estirarse.  Lo he visto en la tele, los chinos van a Ikea a echar una siesta, se acomodan en los sofas y en las camas y hasta en los armarios. Aquí no está bien visto, la mujer reprende al hombre con la sutileza de un codazo. Al otro lado del camino está el salón nº11: tresillo, estanterías con libros blancos de autores suecos, un poster de Audrey en Charada, un televisor plano, una lámpara de lectura y una pareja multirracial, él blanco y ella, como el pelo de él, de color. Hojean un catálogo. Bienvenidos a la república independiente de mi casa, dice una alfombra en el suelo. Él saca un metro de papel y le mide la trenza castaña y azul a ella. Ambos ríen y una mujer salta de la cinta transportadora de gente, lápices y metros, e invade el salón de la pareja multirracial para comprobar el tacto a juguete antiguo de la polipiel del sofá en el que están sentados.

Avanzando unos metros, una chica extraordinariamente alta y delgada mira con recelo a su novio, que manipula un sofá cama de una longitud poco convincente. Mientras, una pareja de mujeres con hiyab pasan por su lado, deteniéndose en cada borde del camino en el que unas macetas con flores reposen sobre un mueble. Al llegar al nº 24, se deslizan del camino para adentrarse en un dormitorio con una cama de forja blanca colgada de cuatro cabrestantes disimulados por cuerda de soga rodeada de una selva de plástico con pájaros cantando por el estómago de los altavoces de un ordenador y una dependienta de atrezo. Un hombre les da una voz desde una cocina de estilo europea, ellas obedecen al instante.

Y también: Un operario con un taladro inalámbrico en dirección contraria a las flechas, un padre persiguiendo a un niño con un mono de pana que acaba de aprender a caminar, dos recién casados pidiendo impacientes la vez en la pescadería de armarios Pax, una madura en avanzado estado de gestación con un top negro, mini shorts verde fosforito de encaje y una amplia melena rubia da órdenes a su marido, y combinaciones imposibles de escritorio, cama y bargueño en todos los tonos que usted desee. Como suelo decir yo, para gustos los muebles para montar uno mismo.

Patatas de un euro, patatas de un euro, patatas de un euro, le dice insistentemente un niño con una peonza en la mano a su padre que mira con curiosidad una ristra de luces led pasando gradualmente por todas las variaciones de color hasta volver a la primera. El padre asiente, enseguida llegamos a la cafetería, y ambos se suben al camino de baldosas grises que los transporta hasta entregarlos a la madre que les espera enfadada delante de un bosque de lámparas de pie.  Detrás del bosque, acaba la intensidad de la luz y empieza un prado de toallas de baño y edredones nórdicos, y un poco más allá: un dominó de espejos y puertas correderas, tres embarazadas bajo un techo de sartenes, cuatro jubiladas ríen en zapatillas de andar con bolsas amarillas repletas de velas con olor a lavanda y flores de cera, un megáfono que llama a los apresurados padres de Iker y Anuk, que se han cansado de hacer saltos mortales en la piscina de bolas de colores y un rollito de salmón y un Frankfurt por medio euro. Como suelo decir yo, siempre hay que avituallar.

Por último: el final del camino, un autómata que expende carros metálicos y después de un jardín de cactus y ramas de orquídeas se ve una ciudad de cajas de cartón, cinco alturas de chapa y madera y carriles de prevención en riesgos laborales.  La pareja multirracial bromea delante de mí y se besan. Cuando él se dispone a pagar el chico de la caja le dice: Perdone que le diga esto, pero da gusto ver parejas que se llevan tan bien. Aquí, no es lo habitual. Él responde: ¿No? Así que el tópico es cierto. Como suelo decir yo: los paseos siempre acaban en explanadas de cemento, lugares comunes y cajas registradoras electrónicas.

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